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lunes, 10 de enero de 2022

Para los niños, jugar no es solo un juego



Orientaciones en estos días en que los padres paseamos con nuestros hijos por las jugueterías

María Montessori, la educadora de los educadores, nos ha dejado clara una premisa que no debemos olvidar: “El juego es el trabajo profesional de los niños”.

– Es la actividad estrella para facilitar su concentración. Seguro que te viene a la memoria la imagen de ese niño enfrascado en el juego que es capaz de alejarse de la realidad durante horas, perdiendo la noción del tiempo y olvidándose incluso de comer o de descansar.

– Potencia la responsabilidad, mediante el cumplimiento de las reglas del propio juego.

– Fomenta la observación de la realidad. Viendo a un niño jugar a ser profesor de sus muñecos, podrás apreciar cómo capta hasta los gestos más insignificantes de su maestro, y cómo incluso es capaz de imitar su registro de voz.

– Y dispara la imaginación, liberando con ella miedos, estrés, etc.

Pensemos en lo que dijo Piaget“Los niños y niñas no juegan para aprender, aprenden jugando”.

En estos días de enero, somos muchos los que recorreremos los pasillos de las jugueterías buscando los mejores complementos, los que más ayuden a nuestros hijos en “su tarea profesional”. Desde este artículo de Aleteia, quiero hacer un repaso a cómo proceder en esta tarea.

El mejor presente es regalar espacio y tiempo. Respeta dos tardes a la semana para jugar. Dos tardes sin inglés, sin natación o informática. Cambiando el chino mandarino por Lego, Nenucos o Pinypon. Tardes en el parque o en el parquet. Interior o exterior, da lo mismo. Pero tienen que saber que ese es su espacio para jugar. Habilita alguna zona de la casa para su “actividad laboral”. Si tienes la oportunidad, no dudes en acondicionar un cuarto de juegos (el playroom, le llamamos en casa).

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Deja que se desenvuelvan sin que noten que les estás observando.

No les interrumpas. Creo que cualquier padre puede reconocer ese instante en el que te quedas embelesado viendo jugar a tus hijos. Hablo de esos momentos en los que no notan nuestra presencia: se encuentran como dentro de una burbuja, de una realidad paralela donde controlan todas las circunstancias. Pero todos hemos comprobado lo frágil que es esa burbuja: se rompe instantáneamente cuando descubren que están siendo observados.

No necesitan muchos juguetes. Disponer de una cantidad exagerada de juguetes les amputa la oportunidad de sacarles todo el partido a los mismos, pero sobre todo a su creatividad e imaginación. Es como un armario tan lleno de ropa que hace que la adolescente no sepa qué ponerse: es incapaz de ver, disfrutar y valorar lo que tiene.

Enseñémosles a empeñarse en ser felices. Si quieres hijos felices, potencia con los juegos sus condiciones naturales. Invítales a soñar, a fomentar lo que pueden recrear en la vida real. Ya nos avisó María Montessori que “el juego es el trabajo profesional de los niños”.

El 12 de octubre de 2017, estábamos viendo por televisión, como es tradición en casa, el desfile de las Fuerzas Armadas. Y allí estaba uno de los twelve, obsesionado con los cazas. Llevaba meses buscando todo sobre los cazas en el ordenador, pidiendo pósters de aviones, etc. Mientras veía a mi pequeñajo absorto con los cazas en la televisión, pensé: “Tengo que regalarle juguetes que le abran otras puertas, otras ilusiones, ya que nuestra herencia genética oftalmológica no va a dejar que mi pequeño soñador llegue muy lejos por el camino del aire…”. Por desgracia, no hizo falta. El accidente de uno de los cazas, al regresar a la base aérea tras el desfile, impactó muchísimo a ese renacuajo con vocación de piloto, que ahora quiere ser policía-futbolista.

KING
El juego hace que los niños se conozcan mejor a sí mismos y descubran sus dones.

Debemos estar atentos, y despertar, asombrar, ilusionar a los niños, iluminando aquellos caminos que vayan a poder recorrer. Supongo que practicar ballet clásico desde los 7 años te ayuda a aprender, desde muy joven, lo que significa tener o no condiciones para algo. Y siempre me ha parecido importante ser muy honesto con la realidad para poder ser feliz. Debemos querernos a nosotros mismos, y aceptar cómo somos. Y el juego, que no es sólo juego, tiene un papel muy relevante. ¿Les ayudamos con el juego?  ¿Queremos que se empeñen en ser felices? Why not?

Mar Dorrio,Aleteia

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lunes, 26 de julio de 2021

Descubre la importancia de leer y charlar en familia

 

KSIĄŻKI DLA DZIECI


Los niños a los que se les han leído, a los que se les ha hablado o, cuando menos, han escuchado las conversaciones de sus mayores (incluida la abuela) están más preparados para la escuela

Es sabido por todos que el tiempo se ha acelerado. Cada vez estamos más ocupados. Los trabajos tienen horarios más exigentes, las escuelas exigen más actividades. De hecho, antes todo andaba a otro ritmo.

El aburrimiento menudeaba, la gente tenía menos prisa. Incluso se podría decir que hace más cincuenta años con el sueldo del padre una familia salía adelante. La madre trabajaba en otros menesteres. Cuidaba a los mayores, atendía al hogar y también iba a la escuela a hablar con los maestros de su hijo; y asimismo se reunía con las amigas en tareas sociales muy sencillas como un ropero o iniciativas piadosas que a todo el mundo les parecía muy normal.

No estoy defendiendo nostálgicamente una vuelta atrás. Ni que las mujeres dejen de trabajar ni nada por el estilo. Lo que sí constato, siguiendo a estudiosos que hablan sobre estos temas y fijándome en mi niñez más temprana, es que ahora los reclamos del mundo son distintos.

Insisto, no hay forma de volver al pasado y además sería una quimera pensar así, pero no podemos negar que el sosiego de entonces permitía una extensa e intensa vida familiar. 

Menos horas para vivir, hablar y leer en familia

La presión del tiempo, la movilidad para ir al puesto de trabajo, por ejemplo, es diferente. Ir a la escuela o ir a nuestras faenas laborales exige muchas horas que van en detrimento de la vida familiar.

Pero cuando estamos en casa la vida familiar ha quedado marcada por el consumo de un mercado cada vez más exigente. ¿Un mercado exigente? Sí, un mercado que nos obliga a estar al día, a no perdernos nada, a seguir la moda, a probar la última novedad. A contar con el último coche o el más sofisticado veraneo.

Eso nos presiona para trabajar más, ganar más, gastar más. Y no solo entre los estratos altos sino también entre las clases medias. Hace muchas décadas la madre cosía y remendaba la ropa entre otras muchas tareas en las que destaca ser el eje familiar. Y el gran veraneo era ir al pueblo de los abuelos. La vida era a la fuerza austera.

Y lo realmente divertido era andar entre amigos, jugando a bolos, charlando, flirteando en el baile de la fiesta mayor o en las interminables sobremesas en las que los niños solían escuchar atentamente o se iban a la calle no sin haber pedido a los padres permiso para levantarse. 

La cultura familiar de la palabra 

La lectura era un recurso muy socorrido quizá más abundante entre los estratos más cultos. Los libros se tomaban y se leían con parsimonia. Y muy frecuentemente nos encontrábamos con el padre leyendo el periódico, la madre leyendo una revista y el niño (o niños) leyendo algún libro de Enid Blyton o Guillermo Brown.

En verano, en el pueblo, después lo niños corrían a su cabaña y allí la palabra volvía a estar presente pues se imaginaban, con otros niños, las reglas del propio club (como el Club de los Cinco).

Fijémonos en el valor de la palabra y de la poesía y del teatro en una película como El club de los poetas muertos (Weir, 1989).  No propongo la película como modelo de nada, sino que me interesa que se palpe la presencia de la palabra, la lectura, la literatura en la vida de los años cincuenta. 

Un ocio que nos aleja de la palabra hablada y leída por nosotros

El ocio ha cambiado radicalmente y no me voy a extender. Es un ocio digital que capta nuestra atención y nos aísla en nuestro segmento de mercado. ¿Lectura, charla, conversación, tertulia, sobremesa?

Todo esto ha ido desapareciendo. Los móviles o las series encadenadas, los videojuegos, digámoslo claro, han fulminado el tiempo familiar a menudo presidido por la palabra, la lectura, la conversación. Y tenían razón aquellos que hace muchas décadas señalaban que la televisión interrumpía la comunicación familiar. Y más cosas: la lectura, la sobremesa, etc. 

La importancia de la calidad del lenguaje

Los últimos estudios señalan que la calidad del lenguaje, su sintaxis, la finura y extensión del vocabulario son índices de éxito escolar pues facilitan el aprendizaje y la comprensión lectora es la base del progreso académico.

Los niños a los que se les han leído, a los que se les ha hablado o, cuando menos, han escuchado las conversaciones de sus mayores (incluida la abuela) están más preparados para la escuela.

Y eso es así pues la escuela es el templo del saber, del conocimiento, del aprendizaje, de la instrucción (cada uno que elija su sustantivo preferido) pero nadie discutirá que siempre es la palabra el vehículo. «Y unos cuantos números», se me dirá. Por supuesto, pero las matemáticas se enseñan con palabras. 

Entonces, con la evolución de las últimas décadas quien más sufren son las clases más humildes, pero sobre todo las familias con menos educación. Allí la palabra no tiene el mismo valor que en los hogares de los estratos medios y más altos de la sociedad.

Algunos padres incluso llevan al teatro infantil o juvenil a sus hijos o, si me apuran, les intentan trasmitir su cultura de universitarios a través de conversaciones informadas en las sobremesas o mediante la compra de libros infantiles, juveniles o enciclopedias. 

Una de las raíces del fracaso escolar: la ausencia de palabras

En resumen, los niños, los chicos que acaban fracasando en la escuela (y a veces en la vida) padecen este destino por muchas razones.

Una, quizá pequeña, es la ausencia de la lectura antes de dormir, en la sala de estar con los padres, en la promoción del libro en los mejores colegios. En las tertulias y sobremesas: en los tiempos de compartir las comidas, o las cenas, o los desayunos.

Ahí pasan muchas cosas o, negativamente, no pasa nada pues se cena delante de la nevera y cada uno se va a su habitación digitalizada. En las comidas alrededor de la mesa se proyectan vacaciones, se explica la actualidad política, social, y, por qué no, deportiva en incluso cultural.

Ahí, en la mesa, los padres les preguntan a los hijos por sus tareas en el colegio o se pone sobre la mesa la última reunión escolar programada para el segundo trimestre. Ahí descubren muchos padres que deben ponerse al día en una tutoría con el maestro o el tutor.

Y ahí los hijos aprenden a hablar con un lenguaje reflexivo, refinado, sutil: el lenguaje de sus mayores.

El fracaso escolar está basado en la pobreza, el barrio, el paro, la creciente inequidad, pero también en la cultura familiar. Un matiz: en la cultura familiar de la palabra.

Los hijos de maestros, padre y madre, pueden ser gente humilde económicamente, pero a estos profesionales del saber no se les escapa el valor de la palabra. Y sus hijos suelen prosperar en la escuela. 

Ignasi de Bofarull, Aleteia 

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