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sábado, 8 de agosto de 2026

Beatriz Muñoz: «Deseada o no, mi vida no contaba menos que las demás y tuve la suerte de nacer»

La escritora franco-española publica su primer libro, una carta de gratitud a la madre biológica que la entregó en adopción.

Beatriz Muñoz Estrada-Maurin publica un testimonio personal sobre la maternidad que ha vivido y conocido en circunstancias singulares.

Beatriz Muñoz Estrada-Maurin publica un testimonio personal sobre la maternidad que ha vivido y conocido en circunstancias singulares.


    Beatriz Muñoz Estrada-Maurin es traductora desde hace más de quince años, madre de seis hijos y, según sus propias palabras, siempre será “una niña abandonada” frente a la madre que nunca ha conocido

    Un año después de morir su madre adoptiva -y tres años después de la de su padre adoptivo- escribió de un tirón, en apenas uno o dos meses, Para ti, mamá desconocida (Fonte-Monte Carmelo), un libro que es ante todo un “gracias”: gracias por la vida que otra mujer (su madre biológica) decidió no interrumpir, y gracias a la familia que la acogió después. 

    En esta entrevista con Religión en Libertad, la autora repasa el origen del libro, el porqué de su título y lo que ha aprendido sobre el valor de toda vida, “deseada” o no.

    -¿Por qué decidiste escribir esta carta a tu madre biológica y por qué en este momento?

    -Escribí este libro de un tirón, en apenas uno o dos meses, exactamente un año después de que falleciera mi madre. Mi padre nos había dejado tres años antes. Ese “gracias” lo llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, sin saber muy bien en qué se convertiría. Al final se convirtió en un libro.

    Beatriz Muñoz Estrada-Maurin ha escrito 'Para ti, mamá desconocida' con prefacio de la Madre Anne, priora de la abadía cisterciense francesa de Nuestra Señora de las Nieves [Notre-Dame des Neiges].

    Beatriz Muñoz Estrada-Maurin ha escrito 'Para ti, mamá desconocida' con prefacio de la Madre Anne, priora de la abadía cisterciense francesa de Nuestra Señora de las Nieves [Notre-Dame des Neiges].EDITORIAL MONTE CARMELO

    »En paralelo a esas pérdidas, ese “gracias” se ha ido alimentando también del dolor que siento cada vez que veo cómo nuestra sociedad afirma, sin ninguna conciencia, que las vidas que ya están de camino en el seno de una madre no tienen valor alguno. Eso me entristece profundamente. Mi ramo de gracias hunde ahí sus raíces: “deseada” o no, mi vida no contaba menos que las demás, y tuve la suerte de nacer de un vientre y en una época capaces de acogerme.

    -En el libro planteas preguntas a tu madre biológica que probablemente nunca tendrán respuesta. ¿Qué le dirías a una mujer que hoy se plantea no tener a su hijo?

    -Aquí respondo quizá a la pregunta de qué deseo transmitir, o qué le diría a una mujer que se plantea tener ese niño: lo único que deseo transmitir es mi experiencia del valor de una vida, y de ningún modo un juicio. Yo no soy nadie para juzgar a nadie; por eso era importante para mí dejar claro que esto no es un manifiesto.

    »La vida puede ser tremendamente dolorosa, a veces se nos escapa sin remedio: ¿cómo me atrevería yo a juzgar los actos de los demás? Tengo suficiente con los míos. Lo que deseo, porque es la parte que me ha tocado, es dar gracias y gritar a pleno pulmón que la vida es un precioso regalo, y que darla es un don inconmensurable.

    -¿De dónde viene el título del libro?

    -Ese título es ya de por sí una historia. Creo, o así lo interpreto hoy, que ese “gracias” se convirtió en ramo entre las manos de una niña pequeña. A pesar de ser hoy una mujer adulta -todavía en la cuarentena, madre de seis hijos-, frente a esa madre desconocida siempre seré una niña abandonada. Por eso ese ramo, que no necesita palabras.

    »Me han preguntado mucho por qué juntar ese “mamá” tan íntimo y cercano con ese “desconocida”: ¿no podría haber escrito “madre”? Pues no. Porque a esa mujer que me dio la vida la llevo en mis propias entrañas, y ahí permanecerá siempre, en un sitio que es solo suyo, sin robarle espacio a la madre que compartió conmigo las alegrías y las penas de la vida.

    »En el título de la edición española ha desaparecido el ramo [bouquet] respecto a la edición original francesa, pero es solo una impresión, porque está ahí desde las primeras páginas. Cuando preparábamos la edición española, un amigo me dijo que los mejores títulos eran los breves, y a mi editor le gustó la idea [Para ti, mamá desconocida vs Pequeño ramo para una mamá desconocida].

    -¿Lloraste al escribirlo?

    -No. Me he sentido muy serena. Era como si cada palabra encontrara por fin su sitio, y con cada palabra, cada emoción. No me ha dolido escribir: los dolores estaban ahí antes que las palabras. Al contrario, creo que al ponerlos por escrito esos sufrimientos pudieron por fin quedarse quietos y respirar serenamente. Cuando uno escribe, encontrar la palabra que transmite exactamente lo que se siente procura una gran felicidad.

    »Esto ya lo había sentido traduciendo, porque llevo más de quince años traduciendo libros. Pero cuando lo que traduces es lo que llevas dentro, la sensación de libertad y de satisfacción es muchísimo mayor. De hecho, este mes se publica en Francia mi segundo libro -el primero fue este-, que es más bien un ensayo. Y ya estoy metida en otra historia, con varias más pendientes.

    -¿Qué parte te ha costado más escribir?

    -Creo que los momentos en los que imagino las preguntas de mi madre biológica. Porque en el fondo todo eso son conjeturas mías. Conjeturas legítimas, porque todos necesitamos conjeturar en esas zonas oscuras de nuestra vida: sin nadie que nos cuente qué ocurrió, necesitamos contárnoslo nosotros mismos. Pero he sentido mucho pudor al hacerlo, porque no quería imponer a mi madre biológica mi interpretación de una historia que compartimos sin compartirla.

    »Otro momento que me ha dejado huella fue cuando surgió esa página en blanco con tan solo tres puntos suspensivos. Fue algo que llegó con la naturalidad de un dolor que ha encontrado la paz. Fue muy fuerte, y también impactó a mis hijos.

    »Por todo ello agradezco mucho a mis editores la publicación de este libro y a ti, Daniel, tu apoyo a su difusión, pues mi gran deseo es que llegue a manos de mi madre biológica.

    -Eres esposa, madre de seis hijos y cristiana. ¿Qué lugar ocupa la fe en el libro?

    -Soy una mujer, esposa y madre, cristiana. Esa última coma puedes quitarla o ponerla, el resultado será siempre el mismo. En el libro no hablo abiertamente de mi fe, porque me parece que ese “gracias” se puede oír con oídos de todo tipo, creyentes o no. De hecho, una prima mía del alma, con quien comparto muchas risas y penas pero no mi fe, me decía hace poco que le había emocionado mucho leer el libro.

    »Pero que no hable de mi fe no quiere decir que no respire en cada una de esas palabras. Porque ese camino no lo he recorrido sola.

    -Si tuvieras que resumir el libro en un par de frases, ¿qué dirías?

    -Me siento incapaz de hacer el resumen del camino que he andado. Me quedo con lo que ha escrito la madre Anne: mi libro es un canto a la vida, el canto de una voz que pudo no resonar nunca y que, sin embargo, se salvó de ese silencio. 

    • Un reportaje sobre la abadía cisterciense de la que es priora Madre Anne, autora del prefacio del libro.

    »Siento que es mi deber cantar también por aquellos que no tuvieron, y que no tienen, voz para hacerlo.

    -¿Has encontrado alguna respuesta a esas preguntas sin respuesta que le planteas a tu madre biológica?

    -Evidentemente, he ido encontrando mis propias respuestas, y estoy convencida de que el hecho de ser madre me ha ayudado muchísimo. Seguiré buscando y profundizando, el camino continúa. La historia de mi hijo adoptado también ha sido muy importante en todo esto.

    Daniel Alcocer, ReL

    Vea también   Testimonio de los Esposos
    Paolo y Chiara




    viernes, 15 de mayo de 2026

    La paciente que sorprende con su caso: «Me entregué a Dios y vivo en la alegría a pesar de la ELA»

    El libro de Mary Sangalli transmite los sentimientos más profundos de lo que ha vivido personalmente y en familia.

    Mary (Marialuisa) Sangalli ha contado en su libro, publicado este año, cómo afronta su grave enfermedad de ELA.

    Mary (Marialuisa) Sangalli ha contado en su libro, publicado este año, cómo afronta su grave enfermedad de ELA.


      Mary Sangalli lleva 18 años padeciendo ELA [Esclerosis Lateral Amiotrófica], una enfermedad neurológica que acaba paralizando a su paciente. Pero en su enfermedad ha descubierto cómo entregarse a Dios y ha encontrado "una alegría que solo existe en el Paraíso". 

      Ella misma ha contado su historia en un libro y Benedetta Frigerio la entrevista en La Nuova Bussola Quotidiana:

      ¿Es realmente posible vivir sin miedo, en paz y con alegría, ante cualquier drama que pueda surgir? Es la pregunta a la que el siglo en el que vivimos intenta responder mediante manuales, cursos e incluso recurriendo a lo oculto. Sin embargo, la historia de Mary Sangalli demuestra, en el libro recién publicado Ciò che mi sorprende [Lo que me sorprende], que la solución no reside en ninguna práctica ascética, ejercicio virtuoso o camino de catarsis para liberarse del sufrimiento.

      Mary Sangalli cuenta su historia y su vida actual en su impactante libro.

      Mary Sangalli cuenta su historia y su vida actual en su impactante libro.Ares

      También porque Mary no tiene ninguna posibilidad de evitarlo: esposa y madre de cuatro hijos, hace 18 años descubrió que padecía la enfermedad de la motoneurona, en tres letras, la ELA. Y tras una lucha llena de súplicas y enfrentamientos con Dios, al no poder ya valerse por sí misma en nada, en un momento dado, en lugar de vivir en la rebelión y la ira, se encontró rendida a la voluntad de Dios, recibiendo a cambio un corazón nuevo, lleno de alegría

      Y así es como escribe hoy (moviendo los ojos sobre las letras con la ayuda de un dispositivo): 

      • "A veces echo de menos los gestos cotidianos, esos gestos que los demás no se dan cuenta de que hacen, como beber de un trago, levantarme de la cama y ponerme las zapatillas (sin ayuda de nadie), dar un paseo pisando las hojas otoñales. No puedo ocultarlo, echo de menos lo que antes no me daba cuenta de que tenía". 

      Luego, dirigiéndose a Dios, continúa: 

      • "Pero lo que ahora tengo de ti es algo que nunca hubiera pensado que existiera, es una experiencia que creía que solo existía en el Paraíso, tú me regalas la bienaventuranza... en la bienaventuranza estás tú presente, entregándote a mí, es más que amor, es una implicación afectiva en la que me siento en casa". 
      -Hoy en día, el mundo nos ofrece cursos, programas y libros para alcanzar el bienestar físico y espiritual y liberarnos de nuestras limitaciones. Tú, en cambio, hablas de felicidad aunque sufras y no goces de buena salud física. ¿Cómo es posible?

      -Sufro por mis sufrimientos, desearía que no existieran. Sin embargo, en los momentos difíciles, gracias a la oración, recibo del Padre la alegría, la paz y la fuerza para afrontar el día a día. El otro día soplaba un viento muy fuerte que doblaba los árboles, pero no los arrancaba de raíz. Así que pensé que lo mismo ocurre con quien tiene fe en Dios: las dificultades pueden casi ponerte de rodillas, pero estás arraigado en Dios y esto te permite afrontar la vida con la certeza del bien, en la que todo contribuye al bien. 

      »El abandono en el Padre no surgió de un acto de voluntad por mi parte, sino que, gracias a la oración, se creó una relación con Él, a través de la cual me ha moldeado, convirtiendo mi petición de "Cúrame" en "Muéstrate, te necesito, te deseo, te doy las gracias". 

      »Al sentirme amada, he comenzado a amar mi identidad: existir significa ser querida en cada instante. Esta relación me ayuda a superar todos los límites, así la enfermedad no me reduce y me siento libre, ciertamente con una mirada dolorosa sobre la realidad, pero el dolor es lo más sano porque la resurrección pasa por la cruz y por el dolor.

      -Tu vida no ha sido fácil desde el principio: perdiste a tu padre a los 11 años y desde entonces tu madre ya no pudo hacerse cargo de ti y de tus cuatro hermanos, por lo que acabaste en un centro de acogida con tu hermana, separada del resto de tu familia. ¿Cómo conseguiste no caer en una crisis psíquica?

      -No sé cómo lo hice, pero puedo decirte que no sentía ira ni rencor. Sufrí mucho por la muerte de mi padre; al principio no aceptaba el internado, me costó acostumbrarme a una nueva familia, sufrí la enfermedad y todas las dificultades que la vida sigue presentándome. Era una niña que no esperaba mucho de la vida, no tenía pretensiones respecto a la realidad. Sin embargo, todas estas circunstancias difíciles habían minado mi identidad, haciéndola emocionalmente frágil; necesitaba la aprobación de los demás. 

      »Así fue hasta que llegó la enfermedad; entonces ocurrió el gran milagro: había madurado un nuevo sentimiento hacia mí misma, una nueva mirada sobre mí, por lo que la consistencia de mi yo residía en la relación con el Padre. 

      »Para lograrlo, Dios permitió que se produjeran dificultades y renuncias. Tuve que perder las certezas que venían del mundo.

      -Cuando enfermaste tenías cuatro hijos pequeños: no podías abrazarlos, hablarles con cariño ni ayudarles a vestirse, pero les escribes: "Al mirarme, veis a una madre enferma que reza. A menudo me decís: '¿Qué haces? ¡Rezas!'. Más que mis palabras, veis que el amor de Dios me da paz". ¿Qué significa ser padres en un mundo que va en contra de la inocencia y que empuja al rendimiento como medida del éxito en la vida?

      -Miro a mis hijos sin ninguna pretensión ni plan. Son hijos de Dios, que me han sido confiados para que les ayude a descubrir que la única plenitud de la vida reside en el descubrimiento de Dios. Podrán ser ingenieros o simples obreros; lo importante es que, algún día, Dios sea su fundamento.

      »El éxito de la vida consiste en vivir la espera de Dios, vivir deseándolo y esperar el día en que por fin estemos en su abrazo.

      -Vivimos inmersos en una cultura que cree que la libertad de hacer lo que uno quiera equivale a la felicidad, mientras que tú escribes que la alegría proviene de la liberación. ¿Qué es lo que te libera del miedo al futuro?

      -Me sentí verdaderamente libre cuando empecé a vivir la relación con Dios, que es Padre, me creó y me da vida continuamente. Percibir mi dependencia de Dios me ha liberado de las cosas y de las personas. Todo puede estar en tu contra, pero dentro de la relación con el Padre, las adversidades y las carencias se hacen más pequeñas. Cuando las adversidades te abruman, duelen, sientes dolor. 

      »La fe en Dios no es, de hecho, algo mágico que borra el dolor. Este existe y es incluso intenso. Pero si tienes una confianza firme en Dios, todo el malestar, con el tiempo, da paso a la paz, a la serenidad, aunque todo sea peor que antes.

      -El impulso hacia la legislación sobre la eutanasia puede conducir a una práctica en la que, en lugar de luchar junto a los enfermos y a quienes sufren, se les sugiere que, si realmente ya no pueden más, lo correcto es quitarse la vida (como si se dijera: "puedo prescindir de ti"). ¿Qué les dirías a quienes cuidan de los que sufren y a quienes se encuentran en tu misma situación?

      -Cuando se excluye a Dios de la vida, todo se vuelve lícito: el aborto, la gestación subrogada, la eutanasia... La enfermedad es cruel, no deja salida, al igual que todos los sufrimientos que te acorralan. Pero el sufrimiento te plantea dos alternativas radicales, ya no puedes ser mediocre, apático o superficial: 

      • o la vida es una tragedia sin sentido, donde nada tiene ya valor, ni siquiera la vida, 
      • o empiezas a mirar a Dios, te unes a Él, el único que te da sentido, valor y te hace sentir amado cada día. 

      »La cruz y el sufrimiento son grandes temas misteriosos que se quieren censurar, pero después de que Jesús entró en la historia, la cruz se convirtió en signo de esperanza, condición para experimentar la victoria. 

      »La paciencia nace de la relación viva con Jesús, porque comprendemos que no nos hacemos a nosotros mismos; nace de la certeza del propósito, que genera tenacidad en la vida. 

      »Repito, la enfermedad es para todos un terremoto, tanto para quien tiene fe como para quien no cree. 

      »Yo entro de puntillas en las vidas de los demás enfermos; ni siquiera puedo comprender en lo más profundo a otro enfermo de ELA, pero lo que siento que puedo hacer es dar mi testimonio, por eso he querido compartir mi historia. También porque la muerte provocada es una falsa salida: cuando oigo que algún enfermo ha decidido poner fin a su vida, pienso que esa alma seguirá sufriendo los tormentos del purgatorio porque no existe el sueño eterno y probablemente sufrirá más para expiar su elección.

      -¿Cómo vencer la distracción en una situación en la que aún podemos engañarnos creyendo que podemos prescindir de Dios?

      -La ilusión es el intento de reducir la realidad partiendo de uno mismo, ignorando el Misterio, ignorando la relación con Dios. Este es un tema que se presentará a lo largo de toda la vida, es un problema de nuestra libertad. Yo elijo cada día de qué lado estar: o me desespero y me ahogo en la tristeza, o me alimento de Él. Si lo buscamos, Él siempre responde: a su manera, pero responde.

      ReL

      Vea también    Afrontando la Enfermedad





      martes, 12 de mayo de 2026

      La pornografía, ¿cuánto es pecado y cuánto adicción? Lo explora Red de Redes


        Tanto Jesús Silva como Francisco José "Patxi" Bronchalo, sacerdotes youtubers bien conocidos en Red de Redes,  han escrito libros sobre adicción sexual y adicción a la pornografía, parte de su experiencia trabajando con muchos jóvenes, y también adultos, dañados por esta industria. 

        ¿Cuánto tiene de pecado y cuanto de adicción? Sea una cosa u otra, o una mezcla entre ambas, quita libertad y alegría. En este capítulo 88 ellos abordan varios temas relacionados, como:

        • La adicción a la dopamina: el cerebro reacciona ante las pantallas igual que ante una droga dura;
        • El vacío del corazón: es una adicción que llena de soledad; 
        • Cómo fortalecer la voluntad: consejos prácticos para plantar cara; 
        • El negocio que hay detrás: es una industria que manipula a la gente y sus impulsos; 
        •  El camino de sanación: implica ser más generoso, entregarse y ganar fuerzas para amar de verdad. 

        "No estamos aquí para juzgarte, sino para acompañarte en el camino hacia la verdadera libertad", dicen. [25 min 25 s]

        ReL

        Vea también   La plaga de la modernidad




        miércoles, 22 de abril de 2026

        «El peor enemigo de la fe no es la duda, sino el simplismo»

        El profesor Álex Escolà-Gascón, autor de "Las fronteras de lo posible" y líder de un estudio internacional sobre consciencia en la muerte clínica, reclama unir fe, ciencia y amor a la complejidad.

        El profesor Álex Escolà‑Gascón, matemático, psicólogo e investigador en la Universidad Pontificia Comillas (Fotógrafa: @julietadezulueta).

        El profesor Álex Escolà‑Gascón, matemático, psicólogo e investigador en la Universidad Pontificia Comillas (Fotógrafa: @julietadezulueta).

        21.04.2026 | 07:00

        Actualizado: 


          El profesor y doctor Álex Escolà‑Gascón, matemático, psicólogo e investigador en Estadística y Análisis de Datos Aplicados en la Universidad Pontificia Comillas, se ha convertido en una de las voces más escuchadas cuando se habla de experiencias cercanas a la muerte, posesiones y fenómenos frontera, siempre desde el rigor del método científico. Su último trabajo, un estudio internacional publicado en la revista The Innovation, analiza la consciencia en contextos de muerte clínica y reabre el debate sobre si la vida se agota realmente cuando el corazón deja de latir.

          En paralelo, acaba de publicar en Vergara (Penguin Random House) el ensayo Las fronteras de lo posible, donde presenta, entre otros materiales, una investigación con 609 casos en 17 diócesis españolas, el protocolo clínico PPS-C y su teoría de la «plasticidad no local» como nuevo marco sobre la consciencia. El libro se presentó en Madrid en marzo, tiene nueva cita en Barcelona el 20 de junio y está previsto que el autor entregue un ejemplar al Papa durante un próximo viaje a Canarias. 

          Sus palabras, en esta conversación, son una invitación a no tener miedo ni a la ciencia ni al misterio: frente al simplismo —sea religioso o cientificista—, propone una fe adulta que escucha los datos, acompaña el sufrimiento y se deja purificar por la verdad.

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          -¿Qué dice su estudio, para un creyente, de lo que ocurre cuando el cuerpo “se apaga”?

          -Creo que lo más importante que este trabajo le dice a un lector creyente es que no estamos obligados a elegir entre el “desencantamiento” y el “encantamiento”. El ser humano necesita del desencantamiento para no dejarse engañar por los vendedores de falsas esperanzas, pero también necesita del encantamiento para volver a conectar con aquello que le permite trascender y construir una vida con sentido. Nuestra investigación sobre experiencias cercanas a la muerte, publicada en The Innovation, muestra precisamente que ambas dimensiones no son enemigas: son compatibles y, más aún, necesarias.

          El estudio contiene muchos datos técnicos, pero su mensaje humano de fondo es muy claro: hoy contamos con evidencias científicas que apoyan la posibilidad real de que la vida no se agote del todo con la muerte física del cuerpo, y de que esa posibilidad pueda ser explorada, al menos en parte, mediante el método científico. Parece paradójico, desde luego. Pero la realidad está llena de paradojas, y no por eso deja de ser verdadera. A veces hay más verdad en una paradoja bien examinada que en muchos titulares rotundos y aparentemente sólidos.

          Por eso, este trabajo también deja una enseñanza de fondo: el método científico y la metafísica no tienen por qué vivir de espaldas. Pueden dialogar, contrastarse y enriquecerse mutuamente. Y esa colaboración no solo es posible, sino cada vez más difícil de ignorar. En ese sentido, cuando el cuerpo “se apaga”, nuestro estudio no ofrece un eslogan ni una promesa fácil, pero sí algo mucho más valioso: un marco serio para pensar que quizá la muerte física no tenga la última palabra.

          Esquema del estudio internacional sobre consciencia durante la muerte clínica, con pacientes que vivieron experiencias cercanas a la muerte.

          Esquema del estudio internacional sobre consciencia durante la muerte clínica, con pacientes que vivieron experiencias cercanas a la muerte.

          -¿Basta con decir que las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son “alucinaciones del cerebro”?

          -Reducir las experiencias cercanas a la muerte a simples alucinaciones del cerebro me parece una explicación insuficiente y, en el fondo, reduccionista. No porque debamos negar la intervención del cerebro —sería absurdo hacerlo—, sino porque la percepción humana es mucho más compleja que una oposición simplista entre “realidad” y “alucinación”. Incluso los detractores de las ECM saben que existen muchas alteraciones perceptivas que no son alucinaciones clínicas ni meras invenciones delirantes de la mente.

          Pensemos, por ejemplo, en las ilusiones perceptivas, como la pareidolia: ese fenómeno por el que interpretamos un estímulo ambiguo y confuso —las nubes, una mancha, una sombra— dándole una forma reconocible, como un animal, un rostro o un objeto familiar. Nuestro cerebro completa, organiza y resignifica lo que percibe. Y lo hace sin que por ello tengamos que hablar de alucinación.

          Algo parecido ocurre con las pseudoalucinaciones, que son representaciones mentales intensas que una persona puede proyectar externamente para revivir una emoción o procesar una vivencia límite. Un ejemplo frecuente aparece tras la muerte de un ser querido: alguien puede imaginárselo sentado en el sofá, viendo la televisión o realizando una escena cotidiana de siempre. En ocasiones, esa imagen se proyecta con tal fuerza sobre el entorno que parece casi presente.

          Para una persona completamente crédula, eso podría interpretarse como la prueba definitiva de una visita del fallecido. Para una persona completamente atea o rígidamente materialista, en cambio, podría verse como una alucinación alarmante, incluso como motivo de consulta psiquiátrica. A mi juicio, ambas lecturas se equivocan.

          Se equivoca el crédulo, porque no reconoce que ha vivido una pseudoalucinación; pero también se equivoca el escéptico radical, porque da por alucinatorio algo que no encaja en una alucinación clínica ni constituye, por sí mismo, un síntoma de enfermedad mental. Las pseudoalucinaciones pueden actuar como mecanismos de adaptación ante situaciones extremas, experiencias que marcan un antes y un después en la vida de una persona. Y si esto es así, conviene preguntarse por qué seguimos aceptando discursos tajantes y amarillistas, muchas veces más interesados en imponer una ideología que en comprender la complejidad de la experiencia humana.

          Conviene además precisar una diferencia importante: a diferencia de las alucinaciones clínicas clásicas, las pseudoalucinaciones no suelen ir acompañadas de una plena sensación de realidad. La persona conserva, en mayor o menor medida, la capacidad de distinguir entre lo que percibe exteriormente y lo que procede de su mundo interno. En la alucinación clínica, en cambio, esa frontera se desdibuja de forma mucho más grave, y pueden aparecer confusión, pérdida de juicio de realidad y un desequilibrio psiquiátrico significativo.

          Por eso, incluso si quisiéramos sostener que algunas ECM incluyen componentes generados por el cerebro, tratarlas sin más como “alucinaciones” seguiría siendo un error. Lo sería porque excluiría de un plumazo otros fenómenos perceptivos que también están científicamente demostrados y que son decisivos para entender cómo construimos la experiencia. Con esto no quiero afirmar que las ECM sean pseudoalucinaciones; quiero subrayar que estamos ante un debate mucho más profundo de lo que suele admitirse. Reducir las ECM a un fenómeno alucinatorio es tan engañoso como presentarlas, sin matices, como la prueba definitiva de que existe vida después de la muerte física.

          Y ahí está, precisamente, lo esencial que esa explicación reduccionista deja fuera: la complejidad de la experiencia humana, que no es solo neurológica, sino también simbólica, existencial y, para muchos, espiritual. Las ECM interpelan a la conciencia, a la identidad, al sentido del yo y al misterio de lo vivido en condiciones extremas. Despacharlas con una etiqueta demasiado rápida no es ciencia rigurosa: es pereza intelectual.

          Por eso invito al lector a desconfiar de los extremos. Ni de quienes venden las ECM como algo imposible o puramente alucinatorio, ni de quienes las presentan como la demostración final del “más allá”. Caer en los extremos es lo fácil. Lo difícil —y también lo honesto— es mantenerse en una posición sensata y equilibrada, que no tiene por qué ser neutra, pero sí lo bastante seria como para no renunciar a la complejidad, al pensamiento crítico y al aprendizaje fuera de nuestra zona de confort.

          -¿Le ha cambiado la mirada sobre el alma y la vida eterna?

          -Hay algo muy profundo que esta investigación me ha enseñado, y no estoy seguro de que siempre se comprenda bien. Durante mucho tiempo se ha pensado que la fe es incompatible con la investigación y con la lógica del método científico. Yo mismo lo creí, y me equivoqué. Para un católico, esa dicotomía no solo es falsa, sino peligrosa, porque puede empujarnos hacia posturas fanáticas.

          Si aceptamos que el universo, la realidad y cuanto sucede en ella forman parte de la creación de Dios, entonces esa misma realidad no puede estar cerrada a Dios: de algún modo, deja entrever algo de Él. El método científico, por su parte, no es un instrumento divino, sino una invención humana extraordinariamente eficaz para descifrar lo real. Y justamente por eso, si ese método nos ayuda a comprender mejor la realidad, y la realidad forma parte de la creación de Dios, entonces también es una vía legítima —técnica, rigurosa y honesta— para acercarnos a la comprensión de esa creación.

          Dicho de otro modo: la fe y la ciencia no compiten entre sí, porque ambas participan, cada una a su manera, de una misma verdad. Y si eso es así, la investigación científica también puede acercarnos, aunque sea modestamente, a una comprensión más alta y más depurada de Dios. Por eso, la fe no debería vivir de espaldas a la ciencia. Debe dialogar con ella, no solo en el plano filosófico, sino también en el terreno experimental, aplicado y objetivo. Al fin y al cabo, todo camino recorrido con rectitud por medio de la razón —incluido el método científico— debería conducirnos, de un modo u otro, hacia la verdad de Dios.

          -¿Cómo se sitúa, entre ciencia, misterio y fe, frente al cientificismo y al sensacionalismo religioso?

          -Más que evitar los extremos, creo que hay que reconducirlos, ofreciendo alternativas que no sean esclavas de los absolutismos. Unos lo hacen desde el pensamiento crítico, otros desde el discernimiento espiritual; en mi caso, sobre todo, desde la investigación científica y experimental.

          Si queremos ser “más papistas que el Papa”, el investigador empirista no debería afirmar ni negar lo imposible: debería ir en su búsqueda. Dicho de forma sencilla, si queremos saber si hay conejos dentro de una madriguera, no basta con opinar desde fuera; hay que entrar y comprobarlo. Y si no encontramos ninguno, eso solo permite decir que no los hallamos allí, no que los conejos no existan. Como recordaba Carl Sagan, la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia. Por eso, el cientificismo incurre en un dogmatismo: convierte en certeza lo que no ha investigado suficientemente.

          En el otro extremo, el problema no es la fe ni siquiera el dogma en sí, sino su uso rígido, manipulador y perverso. Casos como la catástrofe de Jonestown (1978) lo muestran con crudeza: el mal no estuvo en creer en Dios, sino en usar esa creencia para dominar y destruir a los demás.

          Por eso, cuando se estudian supuestas apariciones, milagros o fenómenos sobrenaturales, hay cinco signos de alerta que la gente debería aprender a detectar: 

          • (1) el rechazo de la investigación científica: la falta de colaboración no demuestra por sí sola el fraude, pero sí justifica sospecha. Quien no teme a la verdad no debería temer una investigación honesta. 
          • (2) La incapacidad para ofrecer respuestas naturales o racionales: no se trata de exigir que alguien renuncie a su fe, sino de comprobar si puede pensar también con prudencia, sin recurrir de inmediato a “lo divino” o “lo sobrenatural” como única explicación. 
          • (3) La ausencia de pensamiento autónomo: el fanatismo suele repetir fórmulas ajenas y desconfiar de toda reflexión personal. La fe sana, en cambio, no anula la libertad interior, sino que la necesita. 
          • (4) La instrumentalización del discurso religioso o espiritual: a veces el relato del milagro se convierte en un medio para obtener dinero, obediencia, influencia o atención afectiva. Y esto no ocurre solo en lo religioso, sino también en ciertos ámbitos espirituales y pseudocientíficos. 
          • (5) Los frutos humanos destructivos: cuando una experiencia supuestamente sagrada produce miedo, culpa enfermiza, dependencia, aislamiento, abuso de poder o deterioro de la libertad personal, estamos ante una señal grave de alarma. Lo auténticamente espiritual puede conmover y exigir, pero no humilla, no esclaviza y no destruye a la persona.

          En el fondo, tanto el cientificismo como el sensacionalismo religioso fracasan por el mismo defecto: ambos sustituyen la búsqueda honesta de la verdad por una certeza prematura y falaz.

          -¿Qué une las posesiones, los exorcismos y las ECM, también en clave de mal y de combate espiritual?

          -Sí, hay un hilo común y no es menor: tanto en los casos de posesión como en las ECM puede aparecer una manifestación simbólica de la creencia en lo sobrenatural. Pero hay una diferencia decisiva. En las posesiones, la experiencia suele presentarse envuelta en sufrimiento, desesperación y una dolorosa erosión de la voluntad y de la identidad personal. En las ECM, en cambio, la identidad suele permanecer intacta. Ahora bien, que la identidad se preserve no significa que todas las ECM sean luminosas o consoladoras. Algunas son profundamente perturbadoras.

          Recuerdo un caso extraordinario. Una paciente sufrió una parada cardiorrespiratoria y, durante ese episodio, vivió una ECM en la que sentía que salía de su cuerpo y se desplazaba libremente por el espacio. Seguía siendo ella misma, seguía reconociéndose y precisamente por eso quiso regresar a su casa. Lo que encontró allí fue devastador: vio a dos personas entrando a robar, llevándose sus joyas y matando a Daisy, su perro de aguas, al que dejaron colgado del arnés en la puerta del armario del dormitorio.

          Mientras la mujer seguía en coma, sin que aún nadie conociera el contenido de su ECM, uno de sus hijos informó al equipo médico de que la casa había sido asaltada y de que habían encontrado a Daisy exactamente así. Estaba deshecho. Incluso pidió ayuda a los médicos para comunicarle a su madre aquella tragedia cuando se estabilizara. Pero lo más inquietante vino después. Cuando por fin despertó, y días más tarde relató lo que había vivido durante su ECM, la coincidencia resultó estremecedora. Fue, probablemente, la ECM negativa más extraordinaria que pudimos registrar. Y hubo un detalle que todavía hoy me persigue: al abrir los ojos, lo primero que preguntó fue si Daisy estaba bien.

          Esto me lleva a una convicción importante: la manifestación del mal no queda encerrada en el marco de las posesiones demoníacas. Y quizá ni siquiera sea ahí donde se expresa de la forma más terrible. En Las fronteras de lo posible distingo entre el mal natural y el mal sobrenatural. El mal natural es el que cualquier ser humano puede cometer desde sus deseos, sus intenciones, sus medios o su ignorancia, sin necesidad de recurrir a nada extraordinario. El mal sobrenatural, en cambio, remite a manifestaciones del mal que, por ahora, permanecen científicamente inexplicadas. En el caso de esta paciente hubo ambas cosas: por un lado, un acto de crueldad humana incuestionable —mataron a su perro—; por otro, una coincidencia entre su ECM y los hechos ocurridos que sigue sin una explicación científica conocida.

          Autor de

          Autor de "Las fronteras de lo posible", defiende que la ciencia no puede ridiculizar un fenómeno antes de investigarlo (Fotógrafa @julietadezulueta).

          -¿Qué le dice esto del combate espiritual?

          -Creo, más bien, que la oscuridad no debe combatirse, sino iluminarse. La Biblia contiene el mayor mensaje de amor que se ha ofrecido al ser humano y, a veces, ni siquiera los propios cristianos somos conscientes de ello. Por eso, más que obsesionarnos con pelear contra un demonio, deberíamos concentrarnos en encender esa “luz”. Porque el mal se debilita cuando es desenmascarado, pero sobre todo cuando es atravesado por la verdad, la caridad y la salvación.

          Dicho de otro modo: no se trata tanto de hacerle la guerra a las tinieblas como de recordarles que ya han sido vencidas, aunque todavía no lo sepan.

          -¿Qué aconseja a quienes acompañan a enfermos graves o a personas con ECM?

          -Dar consejos es una osadía, pero las evidencias sí dejan una orientación bastante clara. A sacerdotes, agentes de pastoral de la salud y familias yo les diría que, ante un enfermo grave o una persona que ha vivido una ECM, no intenten explicar demasiado pronto lo que todavía necesita ser acogido. Hoy sabemos que las necesidades espirituales del paciente y de su familia son reales, frecuentes y muchas veces quedan desatendidas; también sabemos que acompañarlas bien mejora la calidad del cuidado.

          Por eso, lo primero es escuchar sin ridiculizar, sin patologizar de entrada y sin imponer una interpretación cerrada. Lo segundo es no separar nunca la fe del buen juicio clínico: el mejor acompañamiento no enfrenta la pastoral con la medicina, sino que las pone a dialogar. Y lo tercero es discernir con humildad los frutos de lo vivido: si deja más paz, verdad, gratitud y caridad, merece ser acompañado; si deja angustia, confusión o fractura interior, necesita además ayuda profesional competente. En resumen, ayudar cristianamente no es explotar el misterio, sino custodiar a la persona dentro de él.

          -¿Cómo le gustaría que los lectores recibieran estos resultados?

          Con tolerancia y aceptación de la complejidad, prescindiendo de los prejuicios personales. Fíjate: si la fe está en crisis, también lo está nuestra relación con la complejidad del conocimiento. Se suele decir que quien es capaz de explicar algo complejo de un modo simple demuestra mucha inteligencia o mucha pedagogía. Yo creo que esa idea es, al menos en parte, equivocada. Una cosa es hacer comprensible lo complejo; otra muy distinta es volverlo simple. Cuando transformamos lo complejo en simple, caemos en el simplismo, y no existe postura más superficial, más frívola y más materialista que esa, ¿verdad?

          Y yo me pregunto: ¿por qué tantos científicos, con independencia de sus creencias o de su fe, se empeñan en divulgar la ciencia —o incluso sus propias opiniones— desde el simplismo? El problema es doble, y extremadamente grave. Por un lado, se genera desinformación sin que la gente siquiera lo advierta; por otro, se condena el avance del pensamiento social al propio simplismo. Dime, ¿cómo vamos a tener esperanza en la sociedad si una parte importante de los científicos renuncia al valor de la complejidad? Para recuperar la fe, antes debemos rescatar la complejidad del conocimiento y educar a las futuras generaciones en el esfuerzo que exige comprender lo complejo. Sin ese S.O.S. a favor de la complejidad, de la existencia, del equilibrio y de la profundidad, la fe seguirá en crisis.

          Sostengo que el peor enemigo de la fe no es la duda, ni el ateísmo, ni el racionalismo, ni siquiera el materialismo. Lo peor para la fe es el simplismo. Mientras los medios de comunicación sigan promocionando a divulgadores que reducen la vida, nuestra existencia y la propia investigación a una versión digerible y empobrecida de la realidad, solo para que todo el mundo les entienda sin esfuerzo, seguiremos conviviendo entre “amebas” de la fe. Y conviene aclararlo: el simplismo no debe confundirse con la sencillez. La sencillez sabe ser cercana en el plano emocional, pero no renuncia al esfuerzo de aprender lo que es complejo. El simplismo, en cambio, está condenado a desertar de lo complejo, porque nos vuelve incapaces de ir más allá de la información fácil e inmediata.

          Con nuestro estudio científico hemos puesto de manifiesto una realidad compartida tanto por quienes tienen fe como por quienes no la tienen: la complejidad desborda una y otra vez los límites científicos de nuestro aprendizaje y de nuestro conocimiento. Lo que nuestra investigación empírica ha desbordado es la creencia cientificista de que la vida finaliza de forma absoluta con la muerte. Dejar de entender la muerte como un estado cerrado y final, para empezar a comprenderla dentro de un espectro más amplio de la consciencia —uno que incluso permite dialogar con preguntas abiertas en torno a la física cuántica— nos ayuda a reformular cuestiones que antes parecían secuestradas por los extremos, ya fuera el fanatismo de la fe o el radicalismo cientificista.

          Y precisamente ahí, en esa reformulación, recuperamos la complejidad que el ser humano, le guste o no, está obligado a tolerar. Abracemos la fe desde la tolerancia a la complejidad, y aceptemos la complejidad desde la humildad de la fe. Tal vez entonces la crisis de fe no sea un final, sino el comienzo de una elevación más profunda y más luminosa.

          Luis Javier Moxó Soto, ReL

          Vea también    La Ciencia y Fe Frente a Frente