Cocinas, lavas la ropa, llevas a los niños al colegio, encuentras los taquetes de fútbol perdidos y, aun así, de alguna manera tus hijos siguen queriendo más de ti. Quizás te quede la sensación de que nunca es suficiente. ¡Pero no te desesperes! La ingratitud de los hijos no es precisamente un invento moderno. De hecho, incluso los santos tuvieron que lidiar con ella. Aquí sus consejos.
Los hijos difíciles forman parte del plan de Dios

Tomemos como ejemplo a Santa Matilde, una reina del siglo X y madre de cinco hijos. Tras la muerte de su marido, dos de sus hijos se volvieron contra ella. Incluso la despojaron de sus posesiones y la enviaron a vivir a un convento, acusándola de dar demasiado dinero a los pobres. Hubiera sido comprensible que reaccionara con amargura. En cambio, respondió con una calma extraordinaria, diciendo:
"Mis hijos son para mí instrumentos de la voluntad de Dios. Que Él sea bendito y que los bendiga".
En otras palabras, no fingió que la situación fuera fácil, pero confiaba en que incluso los niños difíciles podían formar parte del plan de Dios. Aunque es poco probable que la mayoría de nosotros seamos desterrados por nuestros hijos, la reacción de Santa Matilde ofrece un punto de partida sorprendentemente útil. A continuación, te proponemos algunas formas inspiradas en la fe católica para mantener el sentido del humor —y la cordura— cuando la gratitud parece escasear.
1Recuerda que la ingratitud es prácticamente una etapa de la infancia
A lo largo de la historia, los padres se han quejado siempre de lo mismo: los hijos no se dan cuenta de todo lo que se hace por ellos. De hecho, criar hijos agradecidos es algo en lo que todas las generaciones han tenido que esforzarse.
Así que si tu hijo pone los ojos en blanco durante la cena o suspira cuando le pides que vacíe el lavavajillas, no te desanimes. No estás criando al único ser humano desagradecido del planeta. Estás criando a uno normal.
2Saca a relucir tu lado más "Santa Matilde"
Santa Matilde no respondió a la rebelión de sus hijos con discursos dramáticos ni con venganza. Siguió haciendo lo que creía que era correcto: ayudar a los pobres y rezar por sus hijos.
A veces, la respuesta más poderosa de un padre o una madre es simplemente la coherencia. Sigue amando, sigue guiando, sigue transmitiendo los valores que esperas que algún día ellos aprecien. Puede que se den cuenta de más cosas de las que crees.
3Ríete un poco (por tu propio bien)
Una estrategia de crianza que a menudo se subestima es el humor. Los niños pueden resultar involuntariamente divertidísimos en su ingratitud. El niño que se queja de la cena puede que luego pida repetir. El adolescente que insiste en que "nunca haces nada" te seguirá enviando mensajes cuando necesite que lo lleves en coche. Un poco de risa puede aliviar la tensión y recordarte que estos momentos son pasajeros.
4Enseña la gratitud con pequeños gestos

La gratitud no es algo innato; se aprende. Los hábitos sencillos —dar las gracias antes de comer, agradecer a quien te ha ayudado, escribir una nota de agradecimiento— van moldeando poco a poco la forma en que los niños ven el mundo. Con el tiempo, empiezan a fijarse en las cosas buenas que les rodean, en lugar de dar por sentado que todo aparece por arte de magia. Y sí, este proceso a veces lleva años.
5Mantén una perspectiva a largo plazo
Los padres rara vez obtienen una respuesta inmediata. Un niño que hoy parece desagradecido puede convertirse en el adulto que de repente llama para decir: "Por fin entiendo lo que hicisteis por nosotros".
Incluso Santa Matilde llegó a ver la reconciliación. Sus hijos se arrepintieron más tarde del trato que le habían dado y le devolvieron su honor. Lo cual es un recordatorio reconfortante: la historia de la crianza de los hijos rara vez termina en los capítulos intermedios.
Mientras tanto, si tu hijo se queja de la cena que has preparado o del viaje que acabas de darle, respira hondo. Los santos han sobrevivido a cosas peores.
¿Y quién sabe? ¡Quizás algún día incluso te den las gracias!
Cerith Gardiner, Aleteia
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