
Últimamente hemos visto por todos lados este término del amor propio, volviéndolo una prioridad en el trato con uno mismo. Sin embargo, conviene hacer una distinción importante: no todo “amor propio” es bueno.
Para santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, existe una forma desordenada de este amor que, lejos de hacernos bien, consiste en fijarnos en nosotros mismos de manera excesiva —una soberbia ciega— que puede llevar a la raíz del pecado: el egoísmo.
En su obra El diálogo, Catalina menciona en varias ocasiones cómo este amor propio desordenado es perjudicial y cuál es la forma correcta de vivir el amor.
Amor propio: desde Adán y Eva
Para entender este concepto, santa Catalina se refiere a este amor propio como un ‘soberbia ciega’ que se interpone entre Dios y el prójimo, y del cual proviene todo mal.
“El amor propio, que impide amar al prójimo, es principio y fundamento de todo mal. Todos los escándalos, odios, crueldades y daños proceden del amor propio, que ha envenenado el mundo.”

Catalina explica que Adán desobedeció la orden del Señor precisamente por caer en esta soberbia, anteponiendo su propia voluntad a la de Dios. Como consecuencia, perdió su estado de gracia e inocencia, cayendo “en gran miseria”. Y no solo fue una caída personal: con él, toda la humanidad quedó afectada.
Esto nos ayuda a entender por qué, cuando ponemos nuestro deseo o conveniencia por encima de todo, no solo se daña nuestra relación con Dios, sino también la relación con los demás.
Ceguera espiritual
Santa Catalina señala este amor desordenado como un gran enemigo, porque fácilmente produce una ceguera espiritual. Esta ceguera es peligrosa: nos lleva a centrarnos en nosotros mismos, a hacer nuestra voluntad en lugar de la de Dios, y a perder el sentido de nuestra vida.
De ahí nace un pensamiento individualista que puede llevar al aislamiento. La persona deja de verse como Dios la ve y pierde de vista su bondad. En este estado, se vuelve más vulnerable a caer en juicios, escándalos y en un alejamiento de la providencia divina.
Tipos de amor propio
Santa Catalina distingue dos formas principales:
Sensitivo: “Causa de todos los pecados que se cometen por poner el afecto en las cosas terrenas o en las criaturas”. Aquí la persona olvida o desprecia los mandamientos de Dios, convirtiendo esos afectos en “árboles de amor en árboles de muerte”.
Espiritual: “Consiste en que el hombre está tan apegado al propio parecer, que no quiere servir a Dios ni caminar por su camino, sino según su propio contento y sentimiento”. Es más sutil, pero también peligroso: se da cuando alguien vive la fe solo por consuelo. Cuando estas consolaciones desaparecen, abandona la vida espiritual.
Ambas formas tienen algo en común: un amor centrado en uno mismo que impide crecer en la virtud. Las satisfacciones que producen son pasajeras; pueden aliviar momentáneamente, pero no transforman el corazón.
¿Cómo vencer este amor desordenado?
El primer paso es el conocimiento de uno mismo. Desde ahí, la persona reconoce con humildad que todo lo que es y tiene proviene de Dios. Esto rompe la lógica del egoísmo y abre camino a la obediencia.
Santa Catalina propone también vivir un “amor ordenado”, que se concreta en la virtud de la discreción, es decir, la capacidad de juzgar con prudencia.

Esta virtud permite ordenar el amor: hacia Dios, hacia el prójimo y también hacia uno mismo. No se trata de despreciarse, sino de no hacerse daño y de cuidar el alma como un bien recibido. Cuando este orden se restablece, cada realidad ocupa su lugar: Dios en el centro, los demás como prójimo y uno mismo en su justa medida.
“En cualquier estado de vida que el hombre elija, si tiene buena y santa voluntad, me será agradable, es decir, si ha negado el veneno de su propia sensualidad con el amor a la virtud, si ha ordenado su voluntad hacia mí con amor y santo temor.”
Un amor encauzado
En conclusión, el verdadero amor comienza en Dios. Solo desde Él podemos mirarnos correctamente. No se nos pide rechazar nuestra naturaleza, sino vivirla de manera ordenada. Cuando el alma comprende su dignidad, aprende a custodiarla. Y esa custodia se traduce en una vida orientada a la Divina Voluntad.
Yohana Rodríguez, Aleteia
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