
Una palabra resuena especialmente en Pascua entre los cristianos: Aleluya. Es una breve oración que significa sencillamente “alaben a Dios” y que la Iglesia reza celebrando la resurrección de Cristo, la Vida eterna.
Además de Haendel y Mozart, muchos compositores le han puesto música a lo largo de la historia, entre ellos el escocés James MacMillan, investido este año 2026 doctor honoris causa por el Instituto Pontificio de Música Sacra.
También la pintura contemporánea ha abordado una y otra vez el inédito acontecimiento de la resurrección de Cristo.
Un ejemplo: el óleo del estadounidense Peter Adams “La resurrección”. Representa el momento narrado en el capítulo 20 del Evangelio de Juan en el que María Magdalena se encuentra con el Resucitado. Al principio ella piensa que es el jardinero, pero cuando Cristo pronuncia su nombre -María-, lo reconoce.
El volumen del arte escultórico aporta otras perspectivas, como muestra la monumental Resurrección de Pericle Fazzini, instalada en la sala de audiencias Pablo VI del Vaticano.
El italiano esculpió a Jesús elevándose sobre la explosión de una bomba nuclear en el huerto de Getsemaní.
Su intención era “representar a Cristo como si se alzara de nuevo de entre la explosión de este enorme campo de olivos, el pacífico lugar de sus últimas oraciones”.
La gloria según Gaudí
Las ideas de los artistas pueden aportar luz sobre aquello que representan. Como las indicaciones que Antonio Gaudí dejó escritas para la realización de la Fachada de la Gloria (la principal) de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, todavía por hacer.
El genial arquitecto pensó mostrar la historia de la humanidad desde Adán y Eva hasta el juicio final y las enseñanzas de Jesús que llevan a la felicidad eterna.
Así, diseñó un gran pórtico para entrar en el templo con 7 puertas de bronce. Cada una representa un sacramento.
En la puerta del centro, dedicada a la Eucaristía, está inscrita la oración del Padrenuestro y por toda su superficie se lee en 50 idiomas la frase “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy”.
A cada lado de las puertas, Gaudí pensó colocar columnas representando las obras de misericordia, los dones del Espíritu Santo, las virtudes y los pecados capitales.
A diferencia de las otras dos fachadas de la Sagrada Familia -la del nacimiento y la de la pasión-, las torres de los apóstoles no llegan hasta los cimientos, sino solo a la mitad interior, que cierra las naves.
En el exterior, a unos 30 metros de altura, se alzan ocho columnas que representan las bienaventuranzas ofrecidas por Jesús para una vida plena.
El modelo original de Gaudí prevé que el gran pórtico de la fachada de la gloria quede cubierto por 16 grandes linternas en forma de hiperboloide coronadas por unos conos.
El artífice de la basílica de la Sagrada Familia pensó distribuir en dos planos estas linternas: 7 en el primero correspondientes a los 7 días de la creación, y 9 detrás, sugiriendo los coros angélicos que alaban la gloria de Dios.

También pensó incluir unos ventanales con referencias a tres alianzas de Dios con los hombres -la de Noé, la de Moisés y la de Jesús- y unas nubes de piedra con el Credo inscrito en ellas.
Y representaciones de Jesús y José trabajando, de la Virgen María, de Jesucristo en el juicio final en el cielo con santos y ángeles, del Espíritu Santo en el ventanal superior y del Creador sobre todo.
En la parte inferior de la fachada de la Gloria, el arquitecto (en proceso de beatificación) proyectó una gran escalinata y un puente elevado sobre la calle Mallorca bajo el cual circularía el tráfico.
Y a los lados de la fachada, Gaudí ideó dos capillas, dedicadas una a la Penitencia ante un pebetero símbolo del fuego purificador y la otra al Sacramento, con el baptisterio ante un surtidor que evoque el río del paraíso.
Patricia Navas, Aleteia
Vea también Razones para creer: La Resurrección

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