
Hace unos días llegamos al final de la Cuaresma. Ahora, la Pascua de Resurrección de nuestro Señor nos ha dejado en un estado de alegría que debe permanecer más allá del tiempo pascual, porque el proceso de conversión continúa y debe transformarnos en portadores de la luz de Cristo de manera perenne.
La Pascua no es solo un cambio de estación
Así mismo, concluir un tiempo litúrgico e iniciar con otro es la oportunidad que nos da Dios, a través de su Iglesia, para vivir profundamente nuestra fe. Por eso no podemos compararlo con el cambio de estación que nos remite a guardar nuestra ropa de invierno y sacar la de primavera.
Es, por el contrario, el momento de perseverar en lo que comenzamos durante la Cuaresma: los propósitos que hicimos para deshacernos de nuestros pecados y vicios más arraigados deben perdurar todo el año. Pero en el tiempo pascual adquieren un sentido de esperanza más arraigado, porque la promesa de nuestra propia resurrección nos motiva a no desfallecer.
Por eso, convertirnos en portadores de la luz de Cristo en los lugares en los que nos desenvolvemos es un imperativo: el cristiano que se compromete con su Señor debe brillar con sus palabras y obras para dar gloria a Dios.
No hay marcha atrás
Los Apóstoles siguieron la enseñanza de Jesús y nunca olvidaron lo que Él les dijo en alguna ocasión:
"Jesús le respondió: 'El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios'" (Lc 9, 62).
No se trata de una amenaza - ¡nunca, y menos dicho por Jesús que nos ama tanto! - es, mas bien, una invitación a la perseverancia. El Señor siempre está con nosotros y solo requiere de nuestra confianza absoluta. Quien se pone en sus manos no quedará defraudado.
Pero san Pedro sí fue más duro:
"En efecto, si alguien se aleja de los vicios del mundo, por medio del conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y después se deja enredar y dominar de nuevo por esos vicios, su estado final llega a ser peor que el primero. Más le hubiera valido no conocer el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, apartarse del santo mandamiento que le fue transmitido. En él se cumple lo que dice justamente el proverbio: El perro volvió a comer lo que había vomitado, y este otro: 'La puerca recién lavada se revuelca en el barro'" (2 Pe 2,20, 22).
Vivamos con alegría la Pascua y prolonguemos con mucha esperanza nuestra conversión durante toda nuestra vida.
Mónica Muñoz, Aleteia
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