martes, 20 de agosto de 2019

¿Es Dios como tú te lo imaginas?

Muchas personas se vuelven ateas por el mal testimonio
 y la imagen deformada de Dios que presentan muchos cristianos

YOUNG

Aunque todos los cristianos decimos creer en el mismo Dios, no siempre la idea que tenemos de él coincide con el Dios revelado en Jesucristo. Y es que cuando decimos “Dios”, aunque participemos de la misma doctrina religiosa, no siempre la palabra significa lo mismo en la vida de fe de cada creyente. Y es que hablar de Dios es siempre problemático. Incluso algunas formas de ateísmo han surgido como reacciones a determinadas imágenes de Dios.
Algunos piensan que no es más que una debilidad idealista, una forma de escapar de los dolores de la vida o de llenar los huecos de las cosas que no comprendemos. Otros creen que es un tranquilizante para nuestras frustraciones, un consuelo para débiles o una hipótesis para mentes que no quieren pensar. El acceso a Dios se vuelve complejo porque toda relación con él es mediada por algo o alguien que no es él mismo.
Normalmente proyectamos sobre él imágenes que hemos recibido de otros o de nuestras propias experiencias. Es algo más extendido de lo que se cree, el hecho de que muchas personas que pertenecen a una misma iglesia predican ideas distintas del mismo Dios, que hasta son contradictorias entre sí.

La Iglesia Católica enseña que existen ateos por el mal testimonio de muchos cristianos y la deformada presentación del Dios revelado en Jesucristo: “…en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina o incluso con los defectos de la vida religiosa, moral y social, han ocultado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (Gaudium et Spes, 19).

Imágenes de Dios que alejan de la fe

Muchos viven aferrados a una determinada idea sobre Dios, que cuando hace crisis, en lugar de purificar la falsa imagen, toda la vida espiritual se derrumba y de golpe, se dicen “ateos”.  ¿Cómo puede existir un Dios que permita tantas injusticias? Y a veces los cristianos colaboramos con el ateísmo cuando decimos -con cierta ingenuidad- disparates totalmente alejados del Dios revelado en Jesucristo.
¿Cuántas veces hemos repetido cosas que están en las antípodas del Evangelio? Cuando alguien sufre, en lugar de abrazar su dolor desde el amor de Dios, decimos frases hechas que deforman a Dios: “Por algo Dios te mandó esta enfermedad, para purificarte”, “Dios así lo quiso”, “Dios tenía otros planes para ti”, y cosas por el estilo, como si Dios mismo enviara calamidades y sufrimientos a sus hijos, para hacerlos más fuertes y santos.
San Pablo afirma que para los que aman a Dios, todo coopera para su bien (Rom 8,31), pero eso no significa que todo lo que suceda sea querido por Dios. Porque de ser así, estaríamos en manos de un dios arbitrario y cruel. Que Dios permita el mal y que no podamos explicar acabadamente este misterio, no significa afirmar que sea su querer. Que podamos vivir las dificultades de la vida como oportunidades y nos fortalezcan, no significa fatalmente que “así estaba escrito” o que “era el plan de Dios”.
La influencia del paganismo fatalista en la espiritualidad cristiana todavía hoy hace estragos. En la religiosidad popular de raíz cristiana hay muchas formas de hablar de Dios que se parecen más a los dioses paganos que exigen sacrificios y que manifiestan una constante arbitrariedad, que, al Dios revelado en el Evangelio, cuyo ser es entrega, amor y misericordia.
Un Dios que no quiere que el hombre sea feliz, que no lo deje libre, no es el Dios del que nos habla el cristianismo. ¿Cuántas veces nos dicen que Dios te dará algo si le das algo a cambio? Sin embargo, el Evangelio nos enseña que el amor de Dios es gratuito y fiel, independientemente de la respuesta humana. Su salvación no puede comprarse, ni manipularse, ni obtenerse por sacrificios. Su entrega es gratuita e incondicional.
Por otra parte, la imagen que tenemos de Dios repercute directamente en nuestra forma de pensar y vivir la fe. Quienes ven en Dios a una superpotencia despótica que impone una voluntad caprichosa a sus súbditos, serán personas angustiadas, serviles y muy exigentes con sus hermanos de fe.
Si la imagen de Dios es vaga y difusa, como una energía impersonal al estilo “New Age”, nuestra fe será etérea y no comprometida con los demás, haciendo de la oración un simple ejercicio de meditación individualista. Otros reducen la fe a una cuestión social y política, a pura inmanencia, negando toda realidad sobrenatural en nombre del “anuncio del Reino” (sin Dios), reduciendo la salvación a una utopía humana y la teología a sociología.
Hay casos donde se afirma que la Virgen María es más misericordiosa que Dios, haciendo de Dios alguien menos perfecto -bueno- que María, como un dios del Olimpo griego al que le cambia el humor y al que se puede manipular. Crecen las publicaciones pseudopiadosas donde se presenta a la Virgen discutiendo con Jesús para salvar a alguien, como si Jesús quisiera regatear la salvación que él mismo nos regala.
Se deforma así también el sentido de la intercesión en la oración y el lugar de María en la fe de la Iglesia. Parecería que Jesús resucitado es otra persona diferente del que hablan los evangelios. Para presentar la eficacia de la intercesión de María se hace de Dios un ser distante y difícil de convencer, como si Jesús solo concediera algo si su madre le insiste. ¿Un Dios que se revela como amor infinito se hace rogar o es manipulable?
Por otra parte, cuando se afirma que una catástrofe natural es a causa de un castigo divino, nos pasamos al paganismo de un dios irascible. Las imágenes deformadas son incontables y se van recreando en ambientes donde hay una catequesis superficial y una evangelización que no presenta el anuncio (kerygma) fundamental del cristianismo.
Y así, vemos con qué facilidad la misma fe puede ser deformada en diálogos cotidianos y hasta en la misma catequesis, donde no hablamos del mismo dios, debido a las imágenes que todos nos hacemos de él. Estas imágenes cambian el sentido del pecado, de la libertad, de la gracia, del amor de Dios, de la pasión de Cristo, de la salvación, de la Iglesia, de la vida sacramental y de la vida eterna.
La falta de purificación de las falsas imágenes de Dios no es un tema menor en la vida de fe, sino la fuente de muchas crisis y de grandes obstáculos en la evangelización y en la catequesis.

El Dios que Jesús reveló

Los cristianos creemos que Dios se ha revelado plenamente en Jesucristo, si queremos saber cómo es él, hay que ir a la fuente, a Jesús. Para librarse de cualquier idea falsa del Dios de los cristianos, es preciso confrontar nuestra idea de Dios con la manera de ser de Jesús testimoniada en los Evangelios. Su palabra es la palabra de Dios, sus gestos son los gestos de Dios, su rostro es el rostro humano de Dios. La salvación que anuncia Jesús es amor gratuito, desde la nada.
¡Cuántas veces se nos ha dicho que es importante amar a Dios…! Y es verdad. Pero mucho más importante es que Dios nos ama a nosotros. Lo realmente difícil es aceptar -creer- este amor para mí, porque es reconocer que soy aceptado, así como soy y que ese amor por mí no va a cambiar, ni va a desaparecer, ni a retroceder, ni me abandonará, porque es incondicional. “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn. 4,10). Este es el cimiento de la fe cristiana y la certeza más profunda del Evangelio.
¿Por qué nos ama Dios? Porque se le dio la gana amarnos, porque sí. No nos ama porque seamos buenos o por ninguna razón o mérito de nuestra parte. Si el amor de Dios dependiera de algo que hay en mí, ya no sería incondicional. Solo depende de él, porque Dios es el fundamento de su amor por mí. Su amor por ti no depende de ti. Aceptar que somos amados incondicionalmente es un acto de fe. Si Dios me ama y me acepta tal como soy, también yo debo amarme y aceptarme a mí mismo. Yo no puedo ser más exigente que Dios, ¿no es verdad?
Dios nos ama así con un amor que lo da todo sin pedir nada a cambio. Por eso los grandes santos, hombres y mujeres de todos los tiempos, hicieron grandes sacrificios y vivieron con radicalidad la fe. No por obligación o para ganarse el cielo por sus obras, sino como respuesta a un amor incondicional y gratuito. Porque habían descubierto que el cielo se les había regalado sin haberlo merecido. Si queremos purificar nuestra imagen de Dios, hay que mirar más a Jesús.
Miguel Pastorino, Aleteia 

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