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martes, 28 de noviembre de 2023

SU MAJESTAD EL JÓVEN O LA EDUCACIÓN SIN LÍMITES


El joven estadounidense, Ethan Couch, con apenas dieciséis años, mató a cuatro personas e hirió a otros nueve mientras conducía bajo los efectos del alcohol. Sin embargo, se libró de ir a la cárcel porque en el juicio, un psicólogo de prestigio adujo que la educación recibida de sus padres había sido tan protectora que no le habían enseñado el sentido de responsabilidad, carencia que el citado experto denominó “afluenza”, situación por la cual era incapaz de medir ni asumir las consecuencias de sus actos. Este es el resultado de la educación recibida por unos padres permisivos que regalaron todo tipo de caprichos y jamás pusieron límites ni castigos al hijo.

Basta poner el nombre del joven en internet y ver cómo acabó la historia. Aunque pudiera parecer una exageración, es un síntoma de una sociedad enferma que no sabe educar, porque entre otras cosas no sabe en qué consiste la libertad ni la responsabilidad.

Pueden resultar llamativos estos hechos, pero determinados principios y modos de educar tienen estas consecuencias. Como decía el pensador Vázquez de Mella: “levantan tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”. No podemos darle la razón en todo al niño, no negarle nada y escandalizarnos luego con su proceder caprichoso, despótico y egoísta o preguntarnos cínicamente: ¿qué estamos haciendo?

La educación en España camina cada vez más por derroteros similares: una sobre protección que evita al niño cualquier esfuerzo, se le consiente todo, no se le exige que haga lo que puede o debe hacer - a veces hasta los deberes escolares, o la mínima aportación en las tareas de casa -.

El resultado es una falsa autoestima, una manifiesta incapacidad de asumir responsabilidades y una nula resistencia a la frustración y al fracaso.  “Su majestad el niño”, tiene todos los derechos y ningún deber, pero con ello, lejos de ayudarle a crecer, le convertimos en un inmaduro abocado al fracaso por su incapacidad de asumir compromisos, de superar las dificultades y, lo que es más importante, de aceptar las limitaciones propias y las posibilidades que encierra la superación de uno mismo y la colaboración con los demás.

Lo curioso del asunto es que los padres y educadores en lugar de aceptar que ha sido el fruto de una mala educación, achacan a la biología, a la mala suerte o a la sociedad las incapacidades del joven. Cualquier causa antes que asumir la propia responsabilidad como educadores.

En la enseñanza, esta situación tiene sus consecuencias en los aprobados masivos, fruto de la bajada de nivel, - acentuada a partir del covid- y la disminución de alumnos excelentes, dos grandes males del sistema educativo español. Mientras tanto, buscamos otras causas y remedios, tan caro como inútiles.  Educar a un joven, convertirlo en un adulto maduro es hacerle responsable, capaz de dar respuesta de sus actos y de sus consecuencias. Desde otro punto de vista es lograr que sea capaz de superar las limitaciones tanto externas – dificultades no le van a faltar en este mundo -, como internas: el miedo al qué dirán, la propia pereza, egoísmo, etc.

Sin embargo, en la educación actual, ya sea la que se imparte en las familias, en las escuelas, o en la calle, parece que se ha olvidado de esta evidencia. El primer protagonista activo de la educación es el propio niño o joven y sin su consentimiento y esfuerzo es imposible una educación plena. Gran error es buscar medios, procedimientos, artificios o excusas cuando olvidamos esta evidencia: la educación es una tarea activa, no pasiva. Sin el propio compromiso es imposible aprender ni educarse. Se educa uno con la ayuda de los demás.

La tentación de evitarle al niño o adolescente esfuerzos y dificultades es muy fuerte en la sociedad hiperprotectora donde nadie asume su responsabilidad, pero no hay nada más ilusionante que asumir la educación como una travesía que debe hacer el propio joven.

Nunca fue tan necesario como hoy asumir como lema de vida y por tanto de la educación los siguientes versos del poema Invictus: "Soy el dueño de mi destinosoy el capitán de mi alma” de W. E. Henley, y reproducidos por Nelson Mandela en la película del mismo nombre.

En una sociedad como la actual, llena de adolescente inmaduros, educados por adultos - a veces, también inmaduros-  es más necesario que nunca personas responsables, con ideas claras, con voluntad firme para conseguir los fines propuestos y con capacidad de convivir y entusiasmar a los demás a pesar de las innumerables dificultades y obstáculos que surjan. Sin este tipo de personas no hay familia, escuela, empresa o sociedad que pueda sobrevivir. Pero para ello es necesario educar desde pequeño en la superación de las dificultades y la aceptación de las responsabilidades propias.

En resumen, para educar, es imprescindible recuperar el camino auténtico, es necesario devolver el protagonismo al joven, hijo o alumno, empujarle a que asuma su libertad y en consecuencia su responsabilidad. De ello depende no sólo el presente sino también su futuro: el suyo personal y el de nuestra sociedad.

 por Por mí, que no quede, ReL

Vea también      La educación: Textos entresacados de la encíclica "Familiaris Consortio"

Nota: El caso de Ethan Couch se trasladó al sistema judicial de adultos cuando cumplió 19 años, y el juez estatal de distrito Wayne Salvant lo sentenció a 720 días en la cárcel, 180 días por cada una de las personas que había asesinado.
















jueves, 25 de enero de 2018

¿Es posible dirigir empresas con sentido cristiano? |

La simpatía de Jesús por los que se dedican a los negocios


No son pocos los textos evangélicos que tratan de la actividad económica, “nobilísima en sí misma cuando es ejercitada por personas honradas”, afirmaba el que fue prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría: San Mateo (Mt 13, 44-50), antes de ser apóstol, era recaudador de impuestos. San Lucas relata la historia del publicano Zaqueo (Lc 19, 1-10).
“Jesús muestra su aprecio por quienes hacen rendir con rectitud los medios materiales, tan necesarios para que los hombres lleven una vida digna”, reconocía este obispo madrileño.
El segundo sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei creía que “quienes se dedican a la empresa, naturalmente, han de buscar obtener ganancias económicas razonables, como justa retribución de sus esfuerzos y del servicio que prestan a la sociedad. Pero han de evitar la tentación de buscar el dinero, el poder o el éxito personal por encima de todo.
“El dinero –como el poder o el prestigio- es sólo un instrumento”, advertía.
La empresa alberga una comunidad de personas “llamadas a crecer en su humanidad, como hombres y como hijos de Dios”, consideraba. Una especial responsabilidad compete a los directivos para hacer realidad ese reto, de modo que cada uno alcance esa meta en su propio puesto.
Uno de los consejos a directivos católicos era que es importante “ser coherentes con las propias convicciones, ejemplares en la conducta, amables en el modo de tratar a los subordinados, solícitos en la formación de los colaboradores, justos a la hora de organizar el trabajo y de valorar la actividad realizada, prudentes para resolver los problemas que se presenten y fuertes para afrontar las dificultades”.
“Más allá de los proyectos ambiciosos y de la consecución de grandes beneficios, lo más importante en una empresa se concreta en promover el bien de las personas que allí despliegan su actividad o mantienen relaciones más o menos estrechas con esa iniciativa”, pedía el prelado del Opus Dei.
Monseñor Javier Echevarría (1932-2016) ha sido el Prelado del Opus Dei del 1994 hasta su muerte. Escribió varios libros de espiritualidad. La recuperación del papel primordial de la empresa y del empresario en la sociedad, y la superación de muchas disfuncionalidades actuales, requiere una nueva noción de la empresa y de la tarea de empresarios y directivos, ha motivado a la editorial Eunsa a reunir tres de sus charlas sobre directivos cristianos en un volumen.
Jordi Canals, director general del IESE (2001-2016), destaca en el libro la importancia de defender la dignidad radical de la persona y su primacía sobre los medios y bienes materiales. Para este directivo, “una perspectiva cristiana de la persona, de la empresa y de la sociedad constituye el mejor fundamento para construir una comunidad de hombres y mujeres dinámica, justa, próspera y orientada a facilitar oportunidades de desarrollo y mejora para cada persona”.
Espiritualidad del trabajo directivo
“Saberse y vivir como un hijo de Dios, santificarse en la profesión, actuar con unidad de vida y mantener una actitud permanente de talente de servicio”, son la invitación en cambio de Domènec Melé, titular de la Cátedra de Ética Empresaria del IESE.
En la visión de estos directivos y del sucesor del fundador del Opus Dei, la empresa es un lugar donde los cristianos pueden y deben santificarse. Siendo la actividad empresarial algo noble, quienes ejercen la dirección de empresas y el gobierno corporativo están llamados a santificarse a través del cometido laboral.
Antonio Argandoña, profesor emérito de Economía y titular de la Cátedra La Caixa de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo del IESE se plantea si existe un empresario o directivo cristiano. Y responde que “sí, los hay, y muchos, que tratan de ser coherentes con las propias convicciones y tienen una visión de la persona coherente con las enseñanzas de Cristo”.
Estas reflexiones forman parte del libro de Eunsa Dirigir Empresas con sentido cristiano de Javier Echevarría que quiere poner luz sobre “el aprecio de Jesús por los emprendedores” y reflexiona sobre el “humanismo cristiano en la empresa”.
Miriam Díez Bosch, aleteia