
Paula en el Bosque es una artista católica cuyas obras han llegado hasta el Vaticano. Su vida creativa comenzó desde pequeña, sin imaginar hasta dónde la llevaría su camino. Hace unas semanas, expuso su pesebre provida durante la Navidad: un momento histórico.
Aleteia tuvo la oportunidad de conocer el testimonio de esta artista, un recorrido marcado, sin duda, por una profunda confianza en Dios y por un brillo constante de esperanza.
Su llamado a la vida creativa
Desde pequeña sintió un llamado al arte. En especial, una conexión muy fuerte con la naturaleza; de ahí nace su nombre artístico, “en el Bosque”, porque ella se siente en casa rodeada de árboles, admirando las montañas y los ríos.
“Ese amor por el arte me acompañó toda la infancia y la adolescencia. Me inspiraba en lo más pequeño que veía en la calle. En la escuela incluso fue un problema, porque siempre estaba dibujando, perdida en la imaginación. Pero era algo que siempre estuvo en mí”.
Con el paso de los años, esa vocación fue creciendo. Decidió estudiar diseño publicitario y trabajó en un periódico de Costa Rica, donde ilustraba para niños. Aunque le gustaba, comenzó a sentir cansancio y un deseo profundo de independencia, por lo que renunció para convertirse en ilustradora infantil independiente.

Sin embargo, no fue hasta que un acontecimiento fuerte en su vida la llevó a transformar su profesión en un espacio donde pudiera expresar su fe: una vocación en la que evangelizara a través del arte.
Dios en el centro de su vida y de su arte
“Aquí es donde yo digo que ocurrió un milagro”. Paula cuenta que durante ocho años no pudo quedar embarazada, un periodo muy duro marcado por una profunda tribulación interior, en el que incluso reclamaba a Dios. Aunque reconoce que en ese momento no tenía una vida espiritual sólida, venía de una familia donde se rezaba el rosario todos los días y se asistía a misa los domingos.
Padecía endometriosis severa y, a pesar de múltiples operaciones, tratamientos dolorosos e inyecciones, llegó a un punto en el que ya no pudo más. Había aceptado que no podía tener hijos. Sin embargo, pocos meses después, quedó embarazada.
“Sentí profundamente que Dios me decía: ‘Estaba esperando a que dejaras de hacer tantas cosas para que quedara claro que esto es obra mía’. Para mí fue un milagro, y no puedo quitarle el mérito a Dios”.
Fue entonces cuando hizo un acto muy concreto:
“Le dije a Dios: ‘Yo lo único que sé hacer es dibujar. ¿Cómo pongo esto a tu servicio?’. No sabía hacer otra cosa, pero eso sí lo sabía hacer bien”.
Ahí comenzó un proceso de discernimiento en el que entendió que, para amar a Dios, primero tenía que conocerlo. Empezó a estudiar doctrina, a leer la Palabra de Dios, y confiesa que a partir de ese momento experimentó un “enamoramiento profundo, como un fuego en el corazón”.

Su primera obra fue la Virgen de la Medalla Milagrosa, pensada para niños. En ese tiempo, muchas personas le decían que su decisión no tenía futuro, que ya nadie creía en Dios. Aun así, decidió confiar y comenzó repartiendo separadores de libros con sus ilustraciones.
“Muchas veces, en la vida artística, llega un momento en el que sentí la necesidad de un cambio más profundo. Ahí entré en la iconografía”.
Estudió en la Escuela de Iconografía de los Carmelitas Descalzos, en Costa Rica. Fue un antes y un después. Ahí comprendió que el arte sacro no es simplemente pintar, sino escribir una oración. Empezó a estudiar más, a profundizar en la tradición, en la defensa de las imágenes, en santos como san Juan Damasceno.
Una vocación que le permite acompañar
Han pasado 20 años desde que decidió dedicarse al arte sacro. A través de esta expresión, no solo se ha sentido más cerca de Dios, sino que también ha podido acompañar a otras mujeres en su camino.
Paula comparte que ha vivido dolores muy profundos. Volvió a quedar embarazada después de su primer hijo, esta vez de una niña, pero la perdió. Confiesa que, de no haber sido sostenida por Dios, no habría podido atravesar esa pérdida de la misma manera.
“Lloré, por supuesto, pero también agradecí el tiempo que la tuve. Eso me ha permitido acompañar a muchas mujeres que llegan a mi taller. He pasado por muchas etapas: no poder tener hijos, intentos de adopción, pérdidas. Cuando una mujer me dice: ‘Usted no sabe lo que se siente’, yo puedo responder con verdad: ‘Sí lo sé’”.
Con el tiempo, entendió que estas experiencias tan fuertes también nos capacitan para acompañar a otros y dar esperanza.

Un don al servicio de Dios
“Todos tenemos dones, y cuando los ponemos al servicio de Dios, todo se transforma en oración. Ese es el mensaje que siempre quiero dejar: Dios da dones a todos. Solo hace falta pedir claridad para descubrirlos y confiar”.
Yohana Rodríguez, Aleteia
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