sábado, 22 de septiembre de 2018

La guía para principiantes de la oración diaria: cómo y por qué empezar

Por nada te pierdas esta lista de cosas que Benedicto XVI dice que recibirás si pasas unos cuantos minutos cada día con Dios

MAN,REFLECTING,PRAYING
La oración es una necesidad absoluta para los seres humanos. He aquí cómo —y por qué— rezar.
Reza para conseguir lo que necesitas para enfrentarte a la vida.
Dios nos ha hecho más grandes que todo lo demás que creó. Más grande que los animales, las montañas o los ángeles. Por lo tanto, nada en la tierra nos satisfará. Solo Dios.
“Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti, Señor”, dijo san Agustín.
Esto se debe a que Dios lo hizo todo y escribió las reglas del universo. La única manera de ser feliz es estar en sintonía con Todo. La única manera de hacerlo es tener contacto frecuente con Dios.
El papa Benedicto XVI explicó una vez lo que obtenemos si pasamos tiempo con Jesucristo y lo consideramos nuestro amigo:
“Una relación de profunda confianza, de auténtica amistad con Jesús puede dar a un joven lo que necesita para afrontar bien la vida: serenidad y luz interior, capacidad para pensar de manera positiva, apertura de ánimo hacia los demás, disponibilidad a pagar personalmente por el bien, la justicia y la verdad”.

Momentos para rezar

Imagina que tu mejor amigo también fuera tu compañero de piso o de trabajo, una compañía constante. 
Reza en cualquier momento en que habrías hablado con Dios si Él fuera ese amigo. Porque debería serlo.
Reza cuando te levantes, cuando comas, cuando tomes una decisión importante, cuando viajes y cuando te vayas a dormir.
Reza para tener consuelo en el sufrimiento, paciencia en la adversidad, gratitud en los buenos tiempos y resignación en los malos.
Habla con Dios sobre cualquier cosa trascendental o trivial que te concierna y dedica un tiempo especial a conversar con Dios todos los días en meditación.

Cómo meditar

Los santos dicen que la oración contemplativa diaria es una obligación absoluta: meditación sobre Dios y las verdades de la fe. Aquí dispones de un método de meditación diaria que me ha resultado útil. Encuentra uno que funcione para ti.
Si no puedes hacer más, empieza rezando cinco minutos al día. Poco a poco, ve añadiendo más tiempo.

1. Entra en la presencia de Dios

No se trata de hacer presente a Dios, sino de recordarte Su presencia.
Arrodíllate o siéntate respetuosamente. Tu cuerpo y tu alma son uno. La postura de tu cuerpo te anima a recordar y reverenciar la grandeza de Dios.
Haz un acto de fe, esperanza y amor con tus propias palabras o usa las que aquí se dan.
Un acto de fe: Señor Dios, creo firmemente y confieso todas y cada una de las cosas que la santa Iglesia católica propone, porque Tú, oh Dios, revelaste todas esas cosas, Tú, que eres la Eterna Verdad y Sabiduría que no puede engañar ni ser engañada. En esta fe está mi determinación de vivir y morir. Amén
Un acto de esperanza: Espero, Señor Dios, que, por Tu gracia, consiga la remisión de mis pecados y, después de esta vida, la felicidad eterna, porque Tú lo prometiste, Tú que eres infinitamente poderoso, fiel y misericordioso. En esta esperanza está mi determinación de vivir y morir. Amén.
Un acto de caridad: Señor Dios, Te amo sobre todas las cosas y a mi prójimo por causa de Ti, porque eres el Sumo Bien, infinito y perfectísimo, digno de todo amor. En esta caridad está mi determinación de vivir y morir. Amén

2. Expresa adoración, contrición, agradecimiento y súplica (petición)

Tu imaginación puede ayudarte en la oración. Si te sirve, imagina a Jesucristo sentado contigo. Luego, repasa cada una de estas categorías.
Adoración: Repite “Oh Dios mío, te adoro. Eres tan grande y yo tan pequeño”. O recita el Gloria lenta y meditativamente. Adora a Dios tan sencillamente como lo hicieron los pastores en Belén o María en la cruz.
Contrición: Recuerda tus pecados y ofrece reparación por los pecados del mundo. Di: “Jesús, siento mucho haberte ofendido. Por favor, perdóname. Te amo”. Si te ayuda, imagina besar cada una de sus heridas mientras expresas tu dolor.
Agradecimiento: Da gracias a Jesús por todo lo que ha hecho por ti, tu familia, tus amigos, tu comunidad y el mundo. Dale gracias especialmente por tu fe. Sé específico y minucioso. Agradécele este momento de oración.
Súplica: Habla directa y sinceramente con Dios acerca de lo que otros necesitan y tú necesitas. Pide por lo que más necesitas en la vida espiritual y reza por orientación y fuerza para seguir cualquier luz que hayas recibido. Ora por los necesitados de tu familia, ciudad, nación y de todo el mundo. Reza por la gracia de perseverar en la oración.

3. Medita

Cristo es el mejor objeto de meditación y los Evangelios son el mejor lugar para empezar. Los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento –los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan– relatan lo que Jesús realmente hizo y dijo y sus interacciones con la gente.
Lee un breve pasaje del Evangelio. Imagínate lo que sería estar allí durante la historia. Nota cómo Cristo respeta, cuida y desafía a las personas. Lee el pasaje de nuevo, aplicando sus lecciones a tu vida.

4. Comprométete

Comprométete a realizar algún acto que ayude a acercar tu oración a tu día; por ejemplo, una buena obra o una palabra amable. Termina agradeciendo a Dios este tiempo de oración.
Y eso es todo.
Hay un océano de gracia esperando para fluir en tu vida si empiezas a abrir un poco ese canal. Puedes hacerlo a través de la oración.


 Tom Hoopes, Aleteia




jueves, 20 de septiembre de 2018

Ten pequeños gestos de Ternura con Jesús en el Sagrario

Santísimo Sacramento, Jesús Hostia,
Jesús le encanta que tengamos gestos de ternura con Él.Un “te quiero Jesús” nunca está de más.
Suelo recomendar a todos:
“Nunca te canses de decirle a Jesús que le quieres. Ámalo mucho. Ámalo más”.
En lo personal me encanta parar por diferentes iglesias para saludarlo en los Sagrarios. Toco la puerta antes de entrar.
“Soy yo Jesús”.
Y parece que sonríe y responde:
“Yo soy, Claudio”.
Ese “YO SOY” siempre me ha intrigado.
Hoy mientras conducía el auto me di cuenta que no me sería posible pasar a verlo. ¿Qué hacer? Recordé lo que hacían unos santos que tenían una gran devoción y amor a Jesús en el Sagrario.
Nunca perdían ocasión para pasar, aunque fuera un ratito y estar con Él y decirle que le querían y acompañarlo para que no se sintiera solo. Y cuando no podían ir a verlo le pedían a sus Ángeles de la Guarda que lo fueran a saludar. Y eso fue lo que hice.
Sentí de pronto esa necesidad urgente de devolver, aunque fuera un poco, tanto amor por la humanidad. Y que supiera que le tenemos presente en nuestros trabajos cotidianos, que es parte importante de nuestras vidas.
“Ángel de mi guarda, por favor ve a aquél Sagrario y saluda a Jesús de mi parte. Dile que le quiero. Y quédate un rato en adoración”.
Recuerdo que un domingo en la madrugada Fui a verlo.  Estaba aquél oratorio muy solo y silencioso. Toqué la puerta y entré. Me quedé un rato rezando, dándole vuestros saludos, que siempre me piden. Y en un momento dado sentí curiosidad.
Te explico. Tú y yo entramos al oratorio, nos vamos a nuestros oficios, paramos en alguna cafetería. Pero Él no. Jesús Sacramentado siempre permanece allí. Algunos santos le han llamado “PRISIONERO DE AMOR”.
Se me ocurrió preguntarle: “Qué haces todo el día en ese Sagrario?” Y me pareció que la respuesta fue una, simple, directa: “AMAR”.
He visto tantos milagros de Jesús en el Sagrario y aún me sorprendo cuando un lector me cuenta el enorme favor que le hizo Jesús. Suelo pensar: ” Qué bueno eres Jesús”.
En el Sagrario encuentro mi paz, mi consuelo y al mejor de mis amigos.
Cuando vayas a verlo, ¿podrías hacerme un favor? Dile: Claudio te manda saludos”. Me encanta sorprenderlo y darle esas pequeñas sorpresas, para hacerlo sonreír.
Dios te bendiga! 

Claudio de Castro, Aleteia



Para ayudarte a leer e interpretar las Escrituras: San Ambrosio

Muchas veces leemos la Biblia (ojalá frecuentemente) y sólo queda en nuestra mente la información. La Palabra de Dios siempre te habla sobre tu vida. Te ofrecemos un pasaje del evangelio y un maravilloso ejemplo de cómo puedes dejar que ilumine tu vida.


Jesús resucita al hijo de la viuda  de Naím

Jesús resucita al hijo de la viuda  de Naím
Evangelio según San Lucas 7,11-17.

"Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud.
Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba.
Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No llores".
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate".
El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo".
El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina."
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, 5, 89, 91-92
 (Véricel, El Evangelio comentado, p.132)

« Joven, a ti te digo: Levántate» (Trad. ©Evangelizo.org)

Incluso si los síntomas de la muerte han quitado toda esperanza de vida, incluso si los cuerpos de los difuntos yacen cerca de la tumba, con la voz de Dios, los cadáveres ya listos para descomponerse se levantan, recuperan la palabra; el hijo es regresado a su madre, es llamado de la tumba, fue arrancado de ella. ¿Cuál es tu tumba? Tus malas costumbres, tu falta de fe. Es de esa tumba que Cristo te libera, de esa tumba que resucitarás, si escuchas la Palabra de Dios. Incluso si tu pecado es tan grave que no puedes lavarlo por ti mismo por las lágrimas de tu arrepentimiento, la Iglesia, tu madre, llorará por ti, ella que interviene por cada uno de sus hijos como una madre viuda por su hijo único. Pues ella se compadece de una forma de sufrimiento espiritual que es natural para ella cuando ve que sus hijos son arrastrados hacia la muerte a causa de vicios funestos…
Que llore entonces, esta piadosa madre; que la muchedumbre la acompañe; que no solamente una muchedumbre sino una multitud considerable se compadezca de esta dulce madre. Entonces resucitarás en tu tumba, serás liberado; quienes cargan el féretro se pararán y te pondrás a decir palabras de vida, todos quedarán sorprendidos. El ejemplo de uno sólo corregirá a muchos y alabarán a Dios de habernos dado tales remedios para evitar la muerte.













miércoles, 19 de septiembre de 2018

«Paperman»: ¿El amor es gracia o cooperación? (Post comunitario)

El amor es gracia o cooperación

«Paperman» es un corto animado realizado por la Walt Disney Animation Studios en el año 2012. La gran calidad de la producción, que mezcla técnicas de animación tradicional y digital, le ha valido una nominación al Oscar en la categoría de Mejor Cortometraje Animado. El video narra, en modo metafórico, una historia de amor ambientada en los años cuarenta en Manhattan. Un hombre tiene un encuentro “fortuito” con una mujer que lo dejará prendado de ella. El destino los separará hasta que una coincidencia despertará nuevamente sus esperanzas. De aquí en adelante él hará todo lo posible por encontrarla y conocerla. El desenlace es bastante inesperado, a pesar que todos sus intentos de acercamiento son fallidos, serán esos mismos esfuerzos los que misteriosamente lo llevarán al encuentro final.
«Paperman» es una historia cuya riqueza simbólica nos permite reflexionar sobre la complementariedad de la cooperación humana con la acción de la Providencia Divina. Para evidenciar esto hemos elaborado la entrada del día de hoy a modo de post comunitario; seguros que la variedad de elementos apostólicos que nos ofrece este video puede ser mejor abordada desde múltiples puntos de vista.

Susana Hortigosa (España), autora del blog: “Y en tu camino seré el andar”
El vídeo me ha parecido una metáfora preciosa del apostolado. Un alma, un día, conoce a otra y, amándola, decide compartir lo mejor que tiene con ella. Pero la amada está distraída: presta atención a su trabajo, a su jefe, a sus retos, y no percibe las palabras que tratan de llegar hasta ella. El mensaje de amor choca con los muros, las barreras que las separan. Otras personas, además, velando por un interés egoísta, ponen trabas al esforzado amante.
Pero el apóstol se ha estado guardando algo. En realidad dos cosas. Guardaba un último folio, el que más le importa, el que ostenta un beso. Y se guardaba a sí mismo tras las paredes seguras de la oficina. Y solo cuando por amor decide arriesgar toda su seguridad, poniendo el corazón al descubierto, vaciando sus manos, Dios interviene para hacer el resto. Parecía imposible, ¿verdad? Pero al final solo era cuestión de amar hasta el límite.
Lucía María M. Alcalde (España), autora del libro “Me debes un beso”
Cuando decimos “te amo con todo mi corazón” -a Dios o a una persona- esas palabras deben ir respaldadas por nuestros actos. No solemos tener a nuestro alcance demostrar nuestro amor con grandes gestas, sino que lo que tenemos son las pequeñas cosas de cada día (en el vídeo: el taco de folios del protagonista).
A veces fallaremos en nuestro intento: no tendremos suficiente puntería, o nos faltará fuerza. No importa, hay que seguir intentándolo. Otras veces, lo haremos lo mejor que sabemos, pero parecerá que ni aún así hemos conseguido nada. No importa. Porque todo lo que realizamos por amor al ser querido nos acerca más a él. Con todas esas pequeñas cosas hechas con amor, hayan resultado exitosas o no, ya estamos amando con todo el corazón. Al final del vídeo, todos los aviones de papel aparentemente perdidos e inútiles, cumplen su objetivo: unir a los dos protagonistas. En nuestra relación con Dios y con los demás, sucede lo mismo.
Juan Lima (Argentina), autor del blog Joven, ¡Duc in Altum!
Al invitar a tus conocidos a la Iglesia, ¡Cuántas veces te has sentido como el joven del video!, ‘tirando avioncitos’ incansablemente hasta agotar todos los recursos. Estás deseoso de que los demás conozcan el amor de Jesús, quien te dice “Eres precioso a mis ojos, y yo te amo” (Is. 43, 4).

El joven agotó las pilas de papel. Sin embargo, cuando el Espíritu sopló en el último avión (que el joven arrojó sin esperanzas), Dios hizo lo suyo. El joven, sin entender, se resistió a todos los avioncitos que lo empujaban, y sin embargo Dios lo condujo al mejor lugar. Vale recordar que no somos nosotros los que elegimos a las personas, a nuestros amigos, a nuestra novia/o, esposa/o, sino que es Dios quien las elige, y sabe por qué. ¿Cuántas veces, incluso en medio de nuestro compromiso evangelizador, queremos ponerle las condiciones a Dios?. Él es Dios y dueño de esta gran obra. El sabe lo que quiere de nosotros. Dejémonos llevar por Él.
Pilar V. Padial (España), autora del blog: ¡Vive!: Celebra la vida
Cuando nos sale al paso el amor verdadero, en nuestra vida hay un “antes y un después”. Se trata de una conversión por la que vale la pena dejarlo todo y arriesgarlo todo. Inmediatamente Simón y Andrés dejaron sus redes para seguir a Jesús, y Santiago y Juan dejaron a su padre (Mc 1, 16-20). Después, muchísimos más han hecho lo mismo por seguir a Jesús en la vocación a que Él les llamaba. No se han visto defraudados.
Sólo hay que tomar la precaución de discernir bien la verdadera llamada, de los espejismos. Además, cuando Dios nos llama mediando el amor humano, hemos de velar por que nunca el amor a las personas pase por encima del amor a Dios. Lo más importante de la historia de amor del vídeo está aún por escribir. El enamoramiento es un bello don de Dios, pero únicamente Jesús puede ordenar y sobrenaturalizar esos sentimientos humanos para que no se vuelvan una idolatría.
Sebastián Campos (Chile)
Lo que ya ha escrito Susana y Pilar me interpela profundamente. Yo pienso que Dios está loco de amor, casi ha perdido la noción de lo “correcto”, te vio a ti y a mi y se enamoró perdidamente, usa todo lo que tiene para llamar nuestra atención, igual que un chiquillo enamorado, nos busca, nos mira coqueto e intenta de todas formas toparse con nosotros en alguna esquina para concretar algo, aunque sea una pequeña conversación, un sencillo café.

En el libro de Oseas (11, 4a) se dice que Dios nos “atraía con lazos humanos, con cuerdas de amor”, y es porque él va a buscar aquello que se nos hace familiar, aquello humano y sencillo para que lo notemos, se quiere mostrar en lo cotidiano, tanto así que se ha gastado hasta la más preciada de sus cartas, esa con la marca “roja”, no de labial sino de sangre y aun cuando parezca que es una carta perdida, ten seguro que más temprano que tarde va a llegar a tus manos y no podrás sino correr a sus brazos.

martes, 18 de septiembre de 2018

¿Por qué me cuesta tanto ponerme en camino?

Me pongo en camino y me pregunto hoy qué es lo que me detiene. ¿Dónde me ato, me esclavizo y así dejo de crecer?

Man on Bridge
Hoy Jesús va de camino, se pone en marcha, sale de su hogar. Hace como tantas veces en el Evangelio. Recorre la tierra de los hombres. Lugares conocidos. Se encuentra con los que más lo buscan y necesitan.
Me conmueve ese Jesús humano que pasa por mi vida: En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Jesús camina con los suyos. Con aquellos que lo siguen, con los que no se han dado la vuelta para abandonarlo.
Hoy Jesús ya no teme quedarse solo. Va con los que lo aman y Él los ama. Yo tampoco voy solo. No recorro la vida solo. A veces puede parecérmelo. Toco esa soledad con Dios. Pero no estoy solo. Amo a muchos. Muchos me aman.
Jesús no era un solitario. Necesita la soledad. La frecuenta también más de lo que yo lo hago. Sube a un monte solitario. Se aleja de las masas que quieren tocarlo. Pero a menudo va acompañado. Con muchos. Rodeado de sus discípulos y de tantos heridos que encuentra en el camino.
A veces temo vivir escondido. Sin hacer el esfuerzo por salir fuera de mí. Sin recorrer ningún camino. Sin visitar aldeas nuevas que no conozco. Temo aburguesarme y esperar a que la vida me toque de alguna forma. Si me necesitan me buscarán, pienso. Y me quedo quieto. No salgo. No me arriesgo.
Por eso me gusta que Jesús camine por los pueblos. Se abaja. Deja de mirar a las alturas y mira al hombre que sufre, al hombre enfermo. Al herido. Se abaja desde la montaña, desde lo alto. Jesús tenía el corazón ordenado. Anclado profundamente en Dios y en los hombres. Pero en mi corazón no sucede lo mismo.
Siento lo que explicaba el P. Kentenich: La virginal primavera, la blancura de la nieve, la pureza de los ojos de los niños despierta todo lo grande que llevamos en el alma. Goethe decía: – ¡Ay! ¡Dos almas moran en mi pecho!: Una apunta con fuerza hacia abajo; y la otra lo hace con igual fuerza hacia arriba.
Tengo un gran anhelo por los ideales que me alegran y me elevan. Hacen que mi corazón vibre y se enamore. Y entonces, cuando es así. Cuando logro subir a las alturas y me encuentro con Dios en lo hondo de mi alma.
En esos momentos me siento con fuerzas para ponerme en camino e ir hacia los hombres. Pero a veces me dejo llevar por esa fuerza interior que tira de mí hacia abajo. No hacia los hombres, sino hacia la pereza, la dejadez, el egoísmo, la comodidad, la tristeza.
Dejo entonces de salir para servir. Y sólo pienso en mí, en lo que necesito, en lo que a mí me hace falta. Jesús camina para servir. Sale de su hogar, de su comodidad, para buscar.
Leía el otro día: Hazte al camino, deja tu tierra… ¿Qué tierra? Procura que la Iglesia, que hasta ahora estaba como un bloque inmóvil, se distienda y desprenda interiormente; que tenga el valor de abrir las ventanas, de quitar el cerrojo a puertas y ventanas, para permitir que sople el espíritu del mundo en sus recintos, y dejar que su propio espíritu, el espíritu de la Iglesia, sople en el mundo totalmente cambiado de hoy.
Quiero un corazón abierto, libre, grande. Un corazón que esté dispuesto a amar siempre, a buscar siempre al necesitado. Me quiero poner en camino con Jesús.
Como explica el P. Kentenich el camino es largo: En el orden de la vida espiritual tenemos un largo camino. Hay que pasar del egocentrismo absoluto al amor oblativo, totalmente descentralizado de uno mismo, a semejanza del inmenso amor de Dios.Un amor que no se busca a sí mismo, sino que se entrega siempre.
Me pongo en camino y me pregunto hoy qué es lo que me detiene. ¿Dónde me ato, me esclavizo y así dejo de crecer? Me es fácil quedarme donde me encuentro.
Hoy escucho que Jesús se pone en camino y recorre la tierra de los hombres. Me pongo en camino. Voy al encuentro de quien me necesita. ¿Quién quiere estar cerca de mí? ¿A quién le abro o cierro la puerta de mi vida? 


Carlos Padilla Esteban, Aleteia












Memes para inspirar tu alma hoy

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Memes de agosto









El padre también tiene responsabilidad en el cuidado de los hijos: 7 buenos consejos que le ayudarán

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Actualmente el rol de los padres (varones) ha tomado un protagonismo nunca visto en generaciones pasadas. Por lo mismo, se espera mucho más de ellos y lamentablemente las expectativas no siempre están a la altura de la realidad, constata en Catholic Link, el periodista Sebastián Campos. Como hombres cristianos, tienen el deber moral de cuidar y amar a nuestras familias, y con particular atención y ternura a los hijos, pero además está en sus manos el que ellos comprendan cómo es el “amor de Padre”, pues esa experiencia de filiación en la familia al mismo tiempo será la base para aprender a recibir el amor de Dios Padre.








Desgraciadamente, no salimos muy bien parados a la hora de ser evaluados, explica; y como esto de ser padres presentes en la crianza y el cuidado de los hijos es algo nuevo –nuestros propios padres no nos prepararon para ello– para muchos es difícil encontrar referentes de paternidad para aprender cómo hacer las cosas.
Un estudio realizado el 2014, habla de lo insatisfechos que están los hijos con el rol de sus padres, cuando se les preguntó sobre la cantidad de tiempo que les dedican, la ayuda y apoyo a la madre, el apoyo emocional del padre a los hijos, educación ética y moral entregada a los hijos. La verdad es que el gráfico ayuda a comprender la importancia del tema, pues al parecer los padres se sienten muy bien con lo que hacen, pero un tercio de los hijos creen que su desempeño no es satisfactorio.
A continuación, siete puntos para que pueden ser importantes a la hora de proponernos el ser padres como Dios manda.
1. Calidad y cantidad, ambas son importantes
Durante un tiempo, muchos se excusaban detrás de la frase: “Calidad es mejor que cantidad”. Esta es una verdad a medias y cuando se trata de la educación de nuestros hijos y nuestra presencia como padres, ambas cosas son importantes. De hecho el estar presentes implica pasar tiempo con ellos, invertir nuestros días libres, nuestras horas de descanso. En el Libro del Deuteronomio hay un pasaje que, pasando medio desapercibido, nos habla de estar al tanto de nuestros hijos, acompañarlos y formarlos en todo momento y lugar: “Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en casa y cuando vas de viaje, al acostarte y al levantarte” (Dt 6, 6-7).
 
2. Descubrir cuáles son tus roles
El que la mujer haya ingresado al mundo del trabajo ha equiparado la cancha al momento de asumir responsabilidades en casa, sobre todo en la crianza y las labores domésticas. Pero el que ambos esposos tengan igualdad de responsabilidades, no es lo mismo que tengan que hacer las mismas cosas. Hombres y mujeres somos diferentes y esas características que nos distinguen son necesarias para nuestros hijos, por lo tanto es importante descubrir “de qué estoy a cargo yo”; no solamente pensando en aquello que me queda más cómodo o me sale natural, sino pensando en el bienestar de los más pequeños y en que realmente puedo cumplir aquello a lo que me estoy comprometiendo. Es común que los padres distribuyan las funciones. Reflexiona sobre eso, quizás seguir el patrón cultural histórico según el cual la madre es quien mima y cuida con ternura y el padre es quien impone la disciplina, administra los permisos y habla fuerte en la mesa, no es tan buena idea hoy en día.

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3. Ponte en los zapatos de mamá
A los varones nos toca mirar desde la vereda del frente muchas cosas en la crianza de nuestros hijos, en donde ellos y sus madres son cómplices absolutos. Ponte el uniforme actitudinal de mamá en algunos momentos, permítete ser sensible, emotivo, no tan racional ni moral, permítete mimar e incluso malcriar un poco. Tampoco decimos que las madres sean malas con los hijos, pero esa relación cercana está basada también en un amor tierno y delicado que muchas veces los hombres no somos capaces de lograr. Definitivamente hay cosas que no nos van a resultar del todo bien, pues las mujeres tienen cualidades innatas para hablar, aconsejar en problemas sentimentales, ayudar en las tareas y manualidades del colegio y cosas así, pero nosotros, dentro de nuestra aparente torpeza, también tenemos mucho qué hacer. Nuestra misma masculinidad, el ser varones, sin que lo queramos, educa en el respeto, la caballerosidad, el cuidado del más débil y en la autoridad.
 
4. Es buena idea repartir las tareas
Por experiencia personal, creo que no es muy bueno dejar a uno de los padres “a cargo de”, pues la tarea, cualquiera que sea, se vuelve rutinaria y con el paso del tiempo una pesada obligación. Es sano, en cuanto a las labores y cuidados de la casa, el ponerse de acuerdo e ir alternando. En mi casa, el planchado es mío, no porque me guste, sino porque mis camisas son algo importante. El aseo de las cosas delicadas es de mi esposa, pues siempre que yo lo hago me quedan manchas o imperfecciones que simplemente yo no veo. Pero en todo lo demás vamos intercambiando semana a semana; hay días en que cocina uno y otros días, el otro; el aseo de la casa; el escoger la ropa que usará el pequeño; el lavar, secar, planchar, guardar la ropa de todos, y así. Es saludable conversar eso, así no solo evitarás incómodas peleas domésticas, sino que tu amor por la casa será un testimonio que quedará grabado en el corazón de tus hijos.
 
5. Ser la cabeza de la iglesia doméstica
La Iglesia nos invita a que nuestro hogar y familia conformen una iglesia doméstica, en donde se celebra la fe, donde se habla de Dios, en donde se ora juntos. Históricamente el rol de la transmisión de la fe ha descansado sobre los hombros femeninos. Seguro que muchos recuerdan con ternura a sus madres o abuelas rezando junto a ustedes en sus camas; enseñándoles oraciones de pequeños, acompañándolos con santitos e imágenes religiosas cuando estuvieron enfermos. Pero como varones, tenemos la responsabilidad de hacer de esa experiencia de Iglesia doméstica, algo sostenido en el tiempo, no solo presente en la primera infancia.
El Catecismo nos enseña que: “Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos (…) La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante toda la vida, serán auténticos cimientos y apoyos de una fe viva” (CEC 2225).
 
6. Hablar fuerte cuando es necesario, pero también ser dulce y delicado cuando lo amerita
Los padres tienen el rol histórico de ser quienes “roncan” en casa. Madres e hijos se ponen de acuerdo para ir a hablar con papá al momento de conseguir un permiso para salir, dinero u otra cosa que los hijos quieran, y los padres son quienes deciden. Esto tiene un fundamento cultural que viene desde tiempos bíblicos y está muy bien que sea así, pues nuestras características naturales ayudan a ello. “El que ama a su hijo lo corrige sin cesar… el que enseña a su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2). Pero también en la misma Biblia se nos enseña a no pasar de largo, sino a tratar a nuestros hijos con cuidado y que nuestra disciplina sea un acto de amor y no de imponer un régimen del terror. Aquí es donde se convierte en buena idea ser dulces y delicados; escuchar con atención sus solicitudes y ser flexibles con ellos, tal como lo es Dios Padre con nosotros. “Padres, no irriten a sus hijos; al contrario, edúquenlos, corrigiéndolos y aconsejándolos, según el espíritu del Señor” (Ef. 6, 4).
7. En lo posible, ser un modelo de vida
Me dolía mucho cuando le pedía a mi papá dinero para comprar alguna golosina y me decía que no había, pero a los minutos lo veía fumar. Yo vi eso y estoy seguro que muchos de nosotros crecimos con algunos ejemplos parecidos y que seguimos imitando. Tampoco se trata de someter a juicio a nuestros padres, sino a mirarnos a nosotros mismos para que estemos conscientes de nuestros actos, reconociendo que se graban en el corazón de nuestros hijos. La forma en la que somos cariñosos con nuestras esposas, la alegría con la que realizamos las tareas de la casa, la forma en la que hablamos de los demás, cómo enfrentamos las exigencias del trabajo, cómo vivimos nuestra fe y relación con Dios, y por supuesto cómo es nuestra relación con nuestros hijos; todo eso va modelándolos, todo lo que hacemos es una referencia para ellos, cala hondo y probablemente ellos mismos vayan a repetirlo en cierta medida con sus propios hijos. Ahí radica la importancia de intentar vivir conforme a lo que decimos, que no es otra cosa que vivir como cristianos; no por aparentar hipócritamente, sino por amor a Dios y a ellos.
Mirar nuestra paternidad como un regalo de Dios, en donde nos permite amar como Él nos ama a nosotros, con amor paternal, este es un misterio que no se descifra como un enigma, sino que hay que introducirse en él a paso lento, pero curiosos, con ojos y corazón abierto.