martes, 24 de enero de 2017

Trump retira los fondos federales al aborto fuera de EE.UU.

La orden presidencial restablece la política "Mexico City", que ya mantuvieron sus predecesores republicanos

Trump prohíbe ayuda con dinero de impuestos a organizaciones abortivas


Jaime Septien, aleteia
En una de sus primeras decisiones ejecutivas, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, ha firmado el día de hoy, 23 de enero, la restitución de una política que prohíbe que organizaciones no gubernamentales (ONG) estadounidenses reciban fondos del Estado si proveen servicios de aborto en el exterior.

También firmó dos acciones ejecutivas más.  La primera que desliga a Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), y la otra en la que –salvo en las fuerzas armadas—se prohíbe la contratación de funcionarios federales.

La orden ejecutiva en contra del aborto restituye la política llamada “Ciudad de México” (por haberse anunciado en la capital mexicana en 1984 por el entonces presidente de Estados Unidos, el también Republicano Ronald Reagan).

En suma, esta orden ejecutiva bloquea el financiamiento federal para organizaciones internacionales que promuevan el aborto o den información acerca de él. 

Reagan sostuvo la política “Ciudad de México” hasta el término de su segundo mandato y se alargó hasta 1993, al terminar el mandato de George Bush padre.  Pero cuando Bill Clinton tomó la presidencia en 1993 y hasta 2001, los Demócratas la echaron atrás.  De nueva cuenta, en el período de George W. Bush (2001-2009) estuvo en vigor.

Fue una de las primeras medidas de Barack Obama (el reestablecerla) en 2009 y formó parte de sus políticas hasta el día 20 de enero de este año, cuando dejó en manos del Republicano Donald Trump la presidencia de Estados Unidos.

Esta medida era de esperarse, dado que forma parte de la tradición Republicana y el mismo Trump se había afanado en señalar que iba a llevar a cabo la orden ejecutiva en cuanto tomara posesión de la presidencia.

La presión ejercida sobre este tema en la pasada marcha de las mujeres, que concitó miles de personas en Washington y en otras capitales del mundo, no fue óbice para que Trump firmara la orden ejecutiva que prohíbe el uso de fondos federales para financia programas internacionales que promuevan el aborto como método de planificación familiar o salud reproductiva.

lunes, 23 de enero de 2017

Cómo discernir la vocación a la vida religiosa

¿Será que Dios me llama…?

 llamado a la vida religiosa

¿Será que Dios me llama…? Muchos pueden pensar en esto. Llega un momento concreto en el que empieza a darnos vueltas en la cabeza la idea de que Dios quiere un poquito más de nosotros. En primer lugar, cuando surja esta duda, hay que considerar que la pregunta correcta no sería si nos llama o no… porque, ¡claro que nos llama!
Antes del inicio de nuestra existencia Dios nos pensó y nos amó, y al pensarnos, amarnos y crearnos nos hizo con un propósito determinado. Dios no nos crea inútiles o vacíos, sino que a todos les entrega una vocación determinada. De hecho, más de una (a la vida, a la fe, a una determinada profesión, a un carisma o una espiritualidad determinada, etc.) Además de esto, unos reciben la vocación a la vida religiosa, unos al matrimonio, otros al sacerdocio, otros a entregar su vida en celibato. Esta vocación nos la va revelando paso a paso, quizás para que no nos asustemos al ver de golpe que Él espera cosas grandes de cada uno. Nadie queda excluido, solo espera de nosotros nada más y nada menos que esto: la santidad.
Para eso, primero nos llama a la vida, después nos da la vocación cristiana, una fe maravillosa que nos encaminará a hacernos preguntas más profundas, como la inicial: ¿qué más me pide Dios?
¿A qué edad debemos hacernos esta pregunta?
Tuve un amigo que creía que recién a la edad adulta, cuando uno ha “madurado” puede vivir una intensa vida cristiana. Casi diciendo que, antes de ello, es imposible vivirla con todas sus implicancias. Mucha gente piensa de la misma manera, postergando la vocación a la santidad al momento en el que se tomarán en serio a Dios. Para estas personas es aún más impensable la posibilidad de que en plena juventud Dios les pida una entrega radical. Cada vez es mayor el miedo de seguir la vocación durante la juventud, quizás temiendo cometer un error, cambiar de opinión, no ser fieles a la voluntad de Dios, “no tener suficientes experiencias”, etc.
Nada más falso: en la juventud uno comienza a vislumbrar y a construir su futuro. Tiene la experiencia y madurez suficiente como para plantear las preguntas. Después de todo, eso es lo único que Dios nos pide en un primer momento: que le hagamos preguntas: ¿qué esperas de mí?, ¿cómo puedo ser feliz?, ¿qué quieres que haga? Él nos dará las respuestas.
Uno puede asustarse y pensar: “¡pero soy muy joven para tomar una decisión así, tan grande, tan… definitiva!”, pero no debemos olvidar que el tiempo de Dios es perfecto. Nos llama cuando tenemos la edad suficiente como para responder. Y la edad suficiente no es la misma para todos, pudiendo ser en algunos casos 13, 15, 17, 20, 25, 30. Dicho de otra manera: si sientes su llamada, es porque podrás responderle.
En palabras del Papa Emérito Benedicto XVI se puede resumir en esto: “Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo”. Él no se deja ganar en generosidad, promete felicidad y es un buen pagador, que devuelve con creces todo lo que ponemos en sus manos.

¿Qué tengo que hacer para saber lo que Dios me pide?
 1. Acudir a la oración
Preguntarle. Si “encaramos” a Dios, preguntándole qué quiere de nosotros, no hay dudas de que nos lo mostrará. Él no juega a las escondidas, se deja encontrar. Si le buscamos, con sinceridad, humildad, generosidad, lo encontraremos. Al encontrarlo, entablaremos amistad con Él, lo trataremos, lo conoceremos, y conoceremos qué nos pide. Y, si el diálogo es sincero, sabremos lo que Él quiere, y la conclusión será, ¿cómo querer otra cosa?, ¿cómo decirle que no? Esto no quiere decir que no cueste, que no nos “den ganas” de hacer otra cosa, que no tengamos que abandonar, cambiar o al menos postergar algunos planes… pero la recompensa es grande: el ciento por uno en esta vida y en la siguiente.
Al orar, no hay que esperar señales espectaculares. Difícilmente eso ocurra. Lo que sí ocurrirá es la paz de saber que se hace la Voluntad del Padre, que se sigue el camino que nos tenía destinado desde toda la eternidad. Igualmente, esta paz interior solo es una consecuencia secundaria al “sí” alegre, generoso y decidido que le ofrezcamos a Dios.
2. Frecuentar los Sacramentos
En la Eucaristía y en la Confesión nos encontramos con Jesús. Cuanto más le tratemos, más fácil será conocerle y amarle. Amándole, será más fácil, más ligero el camino. Y en este trato tan íntimo, como lo es la Eucaristía, podemos pedirle que nos enseñe a querer lo que Él quiere.
3. Buscar un director espiritual
La Dirección espiritual no solo ayuda, sino que es imprescindible. Es importante porque nos ayuda a entender muchas cosas. Quizás podamos confundir señales, quizás en realidad Dios nos pide otra cosa. El director espiritual puede ayudarnos a comprender y responder las preguntas que tengamos, además de rezar por nosotros y acompañarnos en el proceso de discernimiento.
Otros consejos que podrían serte útiles :
• No tener miedo al miedo
Muchos, al sentir miedo, pueden creer: “ah, eso significa que esto no es para mí”. ¡Al contrario! Tener miedo es completamente natural, es la respuesta lógica al ver que Dios nos pide algo grande. Es como la novia a punto de casarse, puede tener miedo, pero no se dejará dominar por el miedo.  Toma la decisión porque ama y se sabe amada, y aunque no esté segura de qué podrá ocurrir a futuro, tiene su confianza puesta en el otro y en Dios. Da, como muchos, un salto al vacío, pero segurísima de que el amor de Dios es su sostén, y que Él no pide algo sin dar antes las gracias necesarias para llevarlo a cabo. Esto lo tenemos que tener muy claro, remarcado y subrayado: Dios, al dar una vocación determinada, la entrega junto a las muchas gracias para poder vivirla y ser fiel a la misma. Es por esta razón que, a la hora de decir “sí”, sobreviene la paz, la alegría, la plenitud. Además… ¡cuántas veces Jesús repitió en sus Evangelios: “¡No temas!” Nos lo repite nuevamente, y, si le escuchamos y le dejamos entrar en nuestras vidas, descubrimos que es cierto que su yugo es suave y la carga ligera.
• No poner solo el corazón, también la cabeza
Sentir es bueno, tenemos –como lo tuvo Jesús– un corazón humano. Pero así como el corazón puede cargarse de buenos y necesarios afectos, también se pueden desordenar negativamente si no los tenemos bien encaminados. Por eso el amor –y especialmente el Amor con mayúscula– no se basa en sentimientos momentáneos que van y vienen. Podemos al comienzo sentir unas fuerzas, unos impulsos y energías inmensas comparables con el enamoramiento inicial… pero, si desaparecen –y desaparecerán por momentos–, tenemos que recordar por qué dijimos que sí a Dios. Los motivos por los cuales Él nos llamó, son los mismos, aunque a veces cueste más. Tenemos que confiar en lo que Él nos dice: “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón” (Mateo 6,21). Si sabemos qué es lo más importante para nosotros, los afectos los ordenaremos hacia ese centro en el que está Dios. Eso es equilibrar el corazón con la razón.
• Disfrutar el camino y ser fiel
El descubrimiento de la propia vocación es un camino maravilloso, es emocionante, es hermoso. Y cada historia es única, como única es cada historia de amor. Por eso con paciencia, con un corazón sincero y generoso, es necesario caminar abiertos a lo que Él quiera mostrarnos. Esto no solo al momento de responder afirmativamente a la vocación, sino cada día. Cada día es un “sí” que resella el “sí” inicial, y, lo más fantástico, es que todos los días estamos re-descubriendo, comprendiendo o aprendiendo nuevos matices de nuestra vocación, lo que nos hace profundizar más en ella y amarla, como se ama un regalo especial hecho por una persona muy querida.

sábado, 21 de enero de 2017

¿Por qué necesitamos curarnos en nuestro interior?

Necesitamos dejarnos guiar por Dios, y no por nuestros traumas, angustias y heridas

¿Por qué necesitamos curarnos en nuestro interior?


Todo ser humano, unos más y otros menos, necesitamos sanación interior, porque todos tenemos heridas internas, muchas veces ocultas, imperceptibles, pero que pueden influir de modo muy negativo nuestro carácter, nuestro comportamiento, nuestras vidas, impidiéndonos:

– Alcanzar la integridad emocional, o sea, vivir una vida emocional equilibrada y relaciones sanas;

– Crecer en santidad.
Nuestra mente es como un iceberg. Un iceberg es una enorme montaña de hielo en el mar, que no parece muy grande, pero en realidad, lo que es grande es la parte que no vemos y que está sumergida. Nuestra mente tiene tres niveles, pero es en el nivel más profundo, el del inconsciente, donde están almacenados los acontecimientos de nuestra vida que nos traumatizaron.

Por no saber lidiar con ellos, los “empujamos” allí como mecanismo de defensa; sin embargo, aún en el inconsciente, pueden influenciar en nuestras actitudes, nuestras decisiones y nuestras relaciones (con Dios, con los demás y con nosotros mismos). Muchas veces intentamos controlar esos recuerdos dolorosos, pero no siempre lo conseguimos, y éstos acaban tomando las riendas de nuestra voluntad, y las consecuencias son desastrosas.

 Por eso tenemos:
– Explosiones de humor;
– Crisis depresivas;
– Enfermedades psicosomáticas:
– Comportamientos destructivos (alcoholismo, drogas, gula, activismo, problemas en la sexualidad, etc.)

Los efectos son fáciles de reconocer, porque son muchas las personas que viven continuamente en la tristeza y en la angustia; otras se desesperan por cualquier cosa e incluso llegan a intentar el suicidio. Otras son pesimistas, tímidas, miedosas, inseguras, inestables, inquietas, agitadas e insatisfechas. En fin, hay otras que nunca se liberan de los remordimientos de culpas pasadas y creen que Dios ya no las ama. Consideran antes a Dios como a un enemigo, dispuesto a castigarlas. Estas personas también desconfían de las demás, manteniéndose apartadas de todos por arrogancia y desprecio.

Verificamos esas realidades todos los días, incluso en personas que se consideran normales y equilibradas, pero que en verdad son víctimas de desequilibrios emocionales, causados por traumas que, quizás, existen desde hace años.

Están las que toman calmantes. Sin embargo, sólo apartan la tensión por un poco de tiempo, sin erradicar nunca la verdadera causa. Otras ahogan sus angustias en el alcohol, en las drogas o en los placeres de la carne. Pero, pasando el alivio momentáneo, los problemas vuelven con mayor fuerza y, lo que es peor, nos hacen dependientes de las drogas y el vicio. Otras buscan toda clase de diversiones, pero sus males los siguen allá donde vayan.

Estamos presos en las cadenas del pasado y sufrimos:
– Por nuestras imperfecciones;
– Por las imperfecciones de los demás;
– Y nos quedamos cada vez más confusos, bloqueados, tenemos dificultades para relacionarnos con Dios, con los demás, y para creer y para tomar decisiones.

Pero el hombre fue creado por Dios, para Dios y necesita de Dios para alcanzar la felicidad eterna (su fin último). Sólo que todos ponemos nuestras expectativas en los demás, esperamos en los demás, confiamos en los demás, queremos ser amados por los demás, que son tan imperfectos y limitados como nosotros. Acabamos por sentirnos rechazados, angustiados, solos y vacíos.

Muchas veces este proceso sucede de modo sutil, no nos damos cuenta, pero nuestros corazones quedan oscuros y vacíos. Causa un desorden en nuestras relaciones, y los sentimientos que produce generan celos, egoísmo, envidia… Y la raíz de todo está allí, en los primeros días de nuestra vida, en la cuna.

Necesitamos dejarnos guiar por Dios y no por nuestros traumas, angustias y heridas. Jesús es el verdadero Señor y Señor de nuestras vidas, nuestra justificación. Sólo Él tiene poder para penetrar en nuestros recuerdos y transformar las tinieblas en luz (Is 53,4-5).
Pero para que Jesús actúe en nuestras heridas, es necesario que queramos que lo haga. Es necesario un acto de voluntad por nuestra parte para invitarle a que las purifique, las libere. Necesitamos que nos libere para convertirnos en hombres y mujeres nuevos, como estamos llamados a ser.

Fonte: Escola de Formação Shalom

jueves, 19 de enero de 2017

Por qué cenar en familia

Dice Anne Fishel que si las familias cenaran juntas, su trabajo como terapeuta familiar “sería innecesario”

 Cena en familia

El 95 por ciento de las familias estadounidense consideran que cenar en familia es una buena costumbre, pero, aun así, tan solo un 50 por ciento de ellas la practican. En España, cada vez es más frecuente que los niños cenen pronto para irse a la cama y que, una vez acostados, cenen los padres. También es habitual que, cuando los hijos son mayores, cada uno cene conforme llega a casa, en “compañía” de la televisión o de un dispositivo electrónico… (Nota: ¿Cómo es el el Perú?)

Con el objetivo de “rescatar” esta sana costumbre y de hacerla más placentera para aquellas familias que aún la siguen practicando, nació hace seis años una iniciativa interdisciplinar como parte del Proyecto Zero desarrollado por la Universidad de Harvard: The Family Dinner Project (fdp o, en español, Proyecto Cenas en Familia).

La terapeuta familiar Anne Fishel, cofundadora del proyecto fdp y autora del libro Home for Dinner: Mixing Food, Fun, and Conversation for a Happier Family and Healthier Kids (2015) –en español, En casa para la cena: combina comida, ocio y conversación para que tu familia sea más feliz y tus hijos estén más sanos–, asegura que las cenas son el evento de la rutina familiar “que más dividendos produce”.

Tanto es así que Fishel está convencida de que si las familias cenaran juntas, su trabajo como terapeuta familiar “sería innecesario”, pues está demostrado que “aquellas que cenan juntas padecen menos estrés y sus miembros se sienten mucho más unidos”.

Además, “al llegar a la adolescencia, los hijos de estas familias son menos propensos a padecer desórdenes alimenticios o depresión, así como a abusar de ciertas sustancias o a ejercer de forma precoz su sexualidad”, dice.
Por si fuera poco, Fishel añade un par de datos especialmente llamativos: “La conversación que tiene lugar alrededor de la mesa incrementa de un modo significativo el vocabulario de los niños, incluso más que leerles cuentos antes de dormir, y, además, mejora su rendimiento escolar”.

Por eso, fdp intenta que cada vez sean más las familias que puedan beneficiarse de estas ventajas. Y lo está logrando: “Más de un millón de familias en Estados Unidos ya han participado en alguna de las modalidades de fdp”, afirma.

Cenas más saludables
fdp se centra en sacar el máximo partido de todo lo que ocurre alrededor de la mesa familiar. Por una parte, la cena puede convertirse en un espacio de entretenimiento cotidiano y, a la vez, garantiza una alimentación más saludable.

Según Fishel, “está comprobado que, durante las cenas en familia, los niños comen menos grasa, azúcar y sal, y que aprenden a comer más verduras y vegetales, por lo que disminuye la probabilidad de que sufran obesidad. Además, se ha demostrado que cuando estos niños comienzan a hacerse cargo de su alimentación, mantienen estos hábitos saludables”, asegura.

Para aprovechar estos múltiples beneficios, es suficiente con que la familia cene junta cinco días a la semana. Sin embargo, si para una familia es difícil reunirse a la hora de la cena, fdp les plantea que desayunen juntos, tomen la merienda o se reserven las comidas del fin de semana. No hay una fórmula única, lo importante es establecer esta “cita familiar”, en un horario y un espacio previamente concertados.

La mejor hora del día
Uno de los proyectos estrella de fdp son las cenas comunitarias, en las que se reúnen entre cinco y cincuenta familias para disfrutar cocinando juntas.

Estas familias se inscriben en la web http://www.thefamilydinnerproject.org y reciben por e-mail ideas para realizar dinámicas durante la cena, para entablar una conversación interesante, y hasta recetas sencillas que se pueden preparar en treinta minutos y con solo ocho ingredientes.
Cuatro semanas después, algunas familias participan en otra cena comunitaria para comentar cómo han evolucionado sus cenas familiares… y sus familias.

“La mayoría de las familias comienzan el programa porque quieren mejorar su alimentación. Pero, al final, descubren que no solo han logrado este objetivo, sino que también se lo pasan muy bien juntos, y reconocen que no se habían dado cuenta de lo mucho que les hacían falta estos ratos en familia”, explica Fishel.
En otras palabras, descubren que con dedicar tan solo una hora al día –entre cocinar, cenar y recoger la mesa– pueden sacar el mejor rendimiento para el futuro de su familia.

ADIÓS A LAS EXCUSAS…

Muchas familias dicen estar demasiado ocupadas o muy cansadas al final del día para ponerse a cocinar. En estos casos, Fishel recomienda cocinar el doble durante el fin de semana y congelar en tuppers lo que sobre para otro día de la semana.

Cuando se lamentan de que sus niños se resisten a comer, Fishel indica que no conviene caer en el “si te tomas el calabacín, podrás comer helado de postre”, pues esto los hace aún más quisquillosos con la comida.

También aconseja no dejarlos picar entre horas ni comer en el coche. En aquellos casos en los que los adolescentes de la familia se muestren reticentes a participar en las cenas, la terapeuta familiar sugiere “crear una atmósfera alegre y cálida durante la cena”, ¡y libre de tecnología!, pues “la tecnología es una de las mayores fuentes de tensión”.

Fishel ha estudiado el fenómeno y ha observado que los padres utilizan los dispositivos tecnológicos en la mesa el doble que sus hijos, así que propone que sean los adultos los primeros en modificar su comportamiento, y que “fijen parámetros claros: ‘vamos a dejar los móviles en una cesta’ o ‘solo vamos a usar el móvil para compartir entre nosotros (una foto graciosa, un e-mail…), pero no para comunicarnos con alguien que no esté con nosotros en la mesa”.

LOS HIJOS, PARTÍCIPES DE PRINCIPIO A FIN
Fishel recomienda que los niños participen en el proceso de planear y preparar las cenas para que las disfruten más. “Cualquier tarea que implique que los niños toquen los alimentos, los mezclen o los elijan, los convierte en ‘accionistas’ de este proyecto y contribuye a que quieran cenar con más gusto”.

Por ejemplo, podemos pedirles que nos acompañen al supermercado y que elijan un vegetal interesante para, luego, poder cocinarlo juntos en casa”. Y concluye: “A la mayoría de los niños les gusta ayudar y debemos animarlos a hacerlo”.

Artículo publicado originalmente por Revista Misión

miércoles, 18 de enero de 2017

El dolor del desamor en el matrimonio

No hay mayor dolor que el de entregarse por entero y no ser aceptado

 mujer divorciada

Cuando un cónyuge muere, sigue viviendo en el corazón del amado, porque el amor real, bueno y verdadero, es posible a los seres humanos por una bondad hecha vida y compartida entre dos seres que se aman. Un amor cuya bondad trasciende la barrera del tiempo y que comprueba lo absurdo del divorcio que atenta contra el buen amor, porque desconoce el amor personal de los esposos.

Este es un testimonio real, de un matrimonio que, como tal, en realidad, nunca existió:

Mi divorcio fue como pasar por una forma de muerte en lo emocional y en lo psicológico, una experiencia de la me resultó muy difícil volver a la vida.

Cómo no sentirme morir junto al mismo amor por el que en la intimidad me reconozco a mí misma, y por el que me entregué en cuerpo y alma con la más completa y absoluta confianza sin reservarme nada. Un amor pleno y total en el que comuniqué vívidamente mi humanidad a través de mis sentidos, mis afectos, sentimientos, haciendo de todo ello mi mejor don.

Y de ese amor desperté un día a la cruel verdad de que mi don jamás existió como tal, porque jamás fue acogido, y tuve que reconocerlo para dejar de aferrarme a la necesidad de amar y ser amada por el escogido de mi corazón.

En este duro proceso, finalmente me he abierto a la comprensión y lástima hacia quien en mi fallido matrimonio no se implicó personalmente, aun cuando haya sido capaz de hacerme sentir una falsa entrega desde el primer roce de su mano, su primer beso, caricias, promesas…

Ahora comprendo que por eso, en ese amor de atracción que ambos sentimos, él nunca pasó de lo meramente sensible al amor de entrega personal, ya que desde un principio mostró pobres disposiciones en su alma, que hicieron que se acrecentara su egoísmo sexual y afectivo.

Así, mientras que mi amor era íntegro y luchaba por vivificarlo todo con un protagonismo más allá de la pasión y ensoñación, él sólo quería una parte de mí, reduciendo mi entrega a la parcialidad de la suya propia, aferrándose a un dulzón romanticismo almibarado con promesas de eterna luna de miel, en donde lo sexual se constituía en el fundamento de sus valoraciones hacia mi persona.

Me exhibía como un trofeo al tiempo que me celaba enfermizamente, desconcertándome: hoy me trataba bien, mañana me decía lo que se le venía a la cabeza sin medir sus palabras, convertido en un depredador emocional.

Tuve la esperanza de que la llegada de un hijo pudiera cambiar las cosas, pero me negó la maternidad, pues su amor, no siendo pleno y total hacia mi persona como mujer, no se podía extender a la aceptación del don de un hijo. Le preocupaba más que se modificara mi cuerpo y aparecieran estrías en mi abdomen…

Voluble, desintegrado en cuerpo y alma, arrastrado por sus pasiones, se convirtió en presa de sus infidelidades, y salía solo de su indiferencia para insistir en agredir y reclamar lo absurdo. La mala relación consigo mismo afectaba a su relación con la única persona que quería ayudarlo y hacerlo feliz.

El amor puede lograr milagros, pero solo en los que luchan poniendo los medios por superar su miseria. No fue así en mi triste experiencia: sin sospecharlo me casé con quien, diciendo amarme, intentó corromperme.

El amor personal es apertura y aceptación, es conocimiento de la bondad del otro para valorarlo, y sobre todo, es libre respecto de y para el ser que se ama. El suyo se encontraba muy lejos de serlo, y lo que haya sido culminó cuando me decidí a terminar la relación.

Lo decidí cuando comprendí que el corazón es a la vez fuerte y débil, asegura la perseverancia ante la adversidad, pero aumenta la vulnerabilidad ante el desamor, y siendo yo una persona sensible debí superar la falsa esperanza de sentirme querida para no exponerme ya a hirientes decepciones por las que mi fortaleza comenzaba a fragmentarse.

Luego comprendí con ayuda profesional, que así como mi amor me hizo ser vulnerable, mi sentido de dignidad me debía hacer fuerte, y tomé la decisión de levantarme de mi postración, curar mis heridas, luchar por recuperar la confianza de que en mí no había nada malo y ser capaz de rehacer mi vida en todos los aspectos.

Por Orfa Astorga de Lira
Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

martes, 17 de enero de 2017

¡Ay, muchacha! Si supieras cuánto te ama Dios, no aceptarías cualquier cosa

No mendigarías atención, afecto y amor de quien dice amar, pero no actúa como si amara

No mendigarías atención, afecto y amor de quien dice amar, pero no actúa como si amara

Muchacha, si supieras cuánto te ama Dios, no mendigarías atención, afecto y amor de quien dice amar pero no actúa como si amara. Eres preciosa y a pesar de que aún no te has dado cuenta de eso, esa verdad no cambiará.

Eres única, amada y muy cuidada. Eres hija de Aquel que creó cada estrella y llama a cada una por su nombre. Tal vez aún no has entendido lo que eso significa. Muchacha, eres hija del Creador del universo, ¿eso no hace sentir diferente tu corazón? No eres un error, mucho menos un accidente, eres la más linda de la creación.

Puede ser que te estés preguntando: “Si soy hija, ¿dónde estaba mi Padre cuando más lo necesité?” Yo te digo: Él estaba a tu lado. Cuando llorabas a escondidas, Él estaba ahí. Cuando aquel chico lastimó tu corazón, Él estaba ahí. Cuando te sentiste sola, Él también estaba ahí.

Y tal vez te preguntes también: “Si Él estaba ahí, ¿por qué no impidió mi dolor?”. Te digo nuevamente, Él no lo impidió porque tu dolor fue el resultado de tus propias opciones precipitadas.

Necesitas entender y sentir que no puedes aceptar cualquier cosa, porque Él no tiene cualquier cosa para ti, sino algo valioso y especial. Te puedes haber equivocado, pero Él siempre perdona y acoge un corazón arrepentido.

Tú eres hija, y como hija serás corregida por tu Padre, pero corregida con amor. Tú no estás sola, no has sido abandonada. ¿Tu herida? Él te la cura. ¿Tu pasado? Él lo deja en el pasado.

Tú eres hija amada del Padre, eres la niña de sus ojos. Aunque seas imperfecta y no lo merezcas, su amor por ti no va y viene, sino que es permanente. Se queda para siempre.

lunes, 16 de enero de 2017

Lo que tu sacerdote no te dirá acerca del donativo parroquial

Las parroquias reciben poco de muy pocos, pero cambiar eso no requiere mucho 

Colecta en la misa dominical


JOANNE MCPORTLAND, aleteia
Ya llega esa época del año. Tu nuevo surtido dominical de sobres para ofrendas llega al correo, o tal vez la caja de donativos después de misa.  (Nota: las parroquias en EEUU suelen entregar a sus feligreses al comienzo del año una cajita con sobres para su contribución regular a la economía parroquial). Quizás todavía escuchas el eco de la exhortación del pasado otoño para renovar el compromiso semanal con los donativos para la parroquia. O quizás tu parroquia empieza ahora con el proceso para la recolección anual diocesana.

Es posible que sin darte cuenta empieces a refunfuñar “¡Dinero, dinero y dinero! ¡Es lo único de lo que habla el padre!”.

Pues te cuento un secreto: al padre le gusta menos que a ti. Y otro secreto: ya sea una o dos veces al año (que es lo estándar) o con más frecuencia (cuando la necesidad aprieta), lo más probable es que siempre que el párroco mencione el dinero, no lo haga ni de lejos con la frecuencia que debiera.

Volvamos sobre la primera parte. Tu párroco vive su vocación sacerdotal para predicar el Evangelio, suministrar los sacramentos y llevar al pueblo hasta Cristo. A no ser que su vocación fuera tardía y después de una vida en el mundo empresarial, es poco probable que esté formado en la gestión de una organización sin ánimo de lucro de buen tamaño, lo cual equivale a las responsabilidades seculares del pastor. El sacerdote normalmente detesta tener que hablar de dinero, incluso más de lo que tú detestas oír mencionarlo.

Por suerte, lo más seguro es que tu párroco disponga ahora de más recursos de los que ayudarse que los pastores de la época de tus padres o abuelos. Las oficinas de administración diocesana ofrecen orientación y recursos, y muchas parroquias tienen comités financieros o consejos parroquiales con miembros que tienen formación en administración de empresas y finanzas. Así que los párrocos tienen más ayuda para tomar decisiones financieras prudentes.

Colecta en la misa dominical

Pero hay una cosa que no ha cambiado con las generaciones, y se trata del motivo por el que el párroco no puede hablar suficiente de dinero. En Estados Unidos, la media de porcentaje del sueldo que los católicos entregan a nuestra Iglesia (incluyendo no solo la ofrenda semanal parroquial, sino también colectas especiales y otras actividades benéficas relacionadas con la Iglesia) es tan solo un 1%… una cifra invariable desde que se tiene registro. (Calcule qué porcentaje da usted)

Es el porcentaje más bajo en donativos de entre todas las denominaciones religiosas grandes en los Estados Unidos.
Lo cierto es que menos de 1 de cada 3 estadounidenses que se autodenominan católicos asisten a misa de forma “regular” (Nota: ¡en el Perú son 3 de cada 10!). Y de entre los asistentes habituales, solo el 30% ofrece su apoyo a la parroquia. De entre este último grupo, lo más probable es que la mayoría eche los mismos 2 o 3 billetes arrugados de un dólar en la cesta de la colecta, igual que sus padres antes que ellos.

Y todo esto en un tiempo en el que únicamente el mantener las luces encendidas, el órgano afinado y los accesos a la iglesia libres de obstáculos cuesta más que nunca.

Nadie quiere hablar de los costes del funcionamiento básico de una parroquia, pero el caso es que si no se cubren, no habrá lugar de oración para la comunidad, ni apoyo para los muchos ministerios y esfuerzos de evangelización que hacen de una parroquia mucho más que un simple edificio.

A ningún sacerdote le gusta tener que pedir dinero a la congregación desde el púlpito. Pero cuando hay tan pocos de entre nosotros que con casi ninguna noción de la administración real de la parroquia o tantos que carecen de compromiso, a menudo al párroco no le queda otra opción. Este término, administración, se ha vuelto bastante familiar en los últimos años, con el llamamiento de los católicos a un discipulado más integrado y consciente.

En las parroquias donde se han asentado actitudes y prácticas de auténtica administración, existe un extenso compromiso compartido y prácticamente constante de tiempo, talento y tesoro. Se manifiesta en mayores niveles de asistencia, evangelización exitosa y ministerios parroquiales bien financiados. También se manifiesta en que el párroco no necesita hablar de dinero tan a menudo.

No obstante, pasa con demasiada frecuencia que los pastores se topan con tantas dificultades de los feligreses con el elemento del “tesoro” de la administración que las parroquias se conforman con compromisos de tiempo y talento, y en cualquier caso vienen del mismo grupo de personas que siempre se ofrece voluntaria. Y como el tiempo y el talento no sustituyen al tesoro, el pobre párroco tiene que volver a pedir desde el púlpito.

Colecta en la misa dominical

Así se hace que el donativo parroquial parezca como que a uno le están persiguiendo para pagar un retraso en la factura de la luz, cuando en realidad debería ser una respuesta de gratitud hacia los dones de Dios y un hábito regular del discipulado católico.

Así que la cruda verdad es que nuestras parroquias salen adelante con muy poco y de muy pocos. (Y paradójicamente, esto es un problema especial para las parroquias más grandes, quizás porque todo el mundo cree que todos los demás están donando). La buena noticia es que para cambiar la situación no haría falta mucho de nosotros. Aquí hay algunas cosas que habríamos de considerar para este año.

Dona conscientemente. Incluye a la parroquia en tu presupuesto familiar. Ya sea de forma anual, mensual o semanal, haz que el donativo a tu parroquia sea una partida presupuestaria. Planificar esto con antelación te evitará tener que rebuscar en tus bolsillos buscando algo de suelto cuando pase el cepillo. Usar sobres de donativos semanales o participar en un programa de donaciones por Internet, si tu parroquia ofrece alguno, son dos buenas formas de hacer tu donación de forma más consciente.

Dona como prioridad. Cuando nos toca determinar cuánto donamos a nuestra parroquia, la mayoría de nosotros estudia qué es lo que sobra después de que se hayan cubierto otras obligaciones. Donamos de entre la escasez y el miedo, en vez de desde la gratitud. Intenta (al menos durante unas pocas semanas o meses) poner en primer lugar tu relación con Dios y su pueblo. Todo lo que tenemos se lo debemos a la generosidad de Dios.

Dona más de lo que crees que puedes. La gente a veces pregunta si existe una norma bíblica. El diezmo, o una décima parte de la riqueza o de los ingresos de uno, se menciona a menudo en la Biblia, y muchos cristianos de hoy en día apuntan a ese 10% de ofrendas anuales dividido entre iglesia y organizaciones benéficas. (El donativo parroquial, aunque desgravable, no es caridad para los católicos. Es un precepto, una feliz obligación). Pero Jesús dijo a su seguidor rico que vendiera todo lo que tenía y se lo diera a los pobres: ¡el 100%! Elogió a la pobre viuda que ofreció sus dos últimas monedas al Templo. En tu consideración piadosa, encuentra un equilibrio entre el 1% y el 100%, comprométete a dar lo que de verdad puedes dar y quizás un poquito más, y ofrécelo con alegría y regularidad. No te compares con los demás; tu donativo es un pacto entre tú, tu familia y Dios, y a Dios nadie lo supera en generosidad.

Dona de ti mismo. Explora nuevas formas de estar más involucrado en la vida de tu parroquia este año. Observa cómo funcionan tus dones en los diferentes ministerios. Busca otras maneras de usar tu tiempo y tus talentos al servicio de los demás, no como un sustituto de la ayuda económica, sino como forma de vivir lo que simboliza esa ayuda.

En la práctica, haría falta muy poco para pasar de ofrecer ese 1% de los ingresos anuales a ofrecer el 2%. Para la mayoría de las personas, es el equivalente semanal de un par de cafés lattes grandes o una visita rápida a la gasolinera. Imagina lo que podría hacer tu parroquia con el doble de apoyo financiero todas las semanas. Y tampoco sería muy difícil que fueran 2 de cada 3, o incluso 3 de cada 3, los que donaran regularmente.

Tú puedes marcar la diferencia, empezando ahora mismo. Y luego quizás tu párroco y tú dejéis de temer esta época del año.

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