jueves, 23 de mayo de 2019

Donación de órganos, nueva frontera de la eutanasia: no esperar a la muerte, matar trasplantando

Empieza a pedirse en congresos médicos y revistas especializadas

Con la normalización de la eutanasia para un número creciente de supuestos, se abre la posibilidad de una eutanasia específica para donación de órganos, incrementado brutalmente la presión sobre algunos pacientes.
Con la normalización de la eutanasia para un número creciente de supuestos,
se abre la posibilidad de una eutanasia específica para donación de órganos,
 incrementado brutalmente la presión sobre algunos pacientes.

¿Existirá en un futuro más o menos próximo el concepto de "muerte por donación", es decir, que la extracción de órganos sea la causa inmediata y directa del fallecimiento del paciente? Hoy por hoy es ilegal: el ordenamiento jurídico exige que se haya producido la muerte del donante para que pueda procederse a la operación quirúrgica que rescate alguna parte de su cuerpo para salvar la vida de otra persona.
Sin embargo, ya existen voces que piden que se elimine esta exigencia. "En congresos médicos internacionales a lo largo de 2018 y 2019", cuenta el doctor E. Wesley Ely en un artículo publicado recientemente en USA Today, "he asistido al debate, por parte de cientos de especialistas en trasplantes y atención de emergencia, en torno a la 'donación después de la muerte'. Se refiere a un escenario en rápida expansión en Canadá y algunos países de Europa Occidental, en el que una persona muere a consecuencia de la eutanasia, mediante una inyección letal que ella misma ha pedido, y enseguida se le opera para coger órganos para donación".
El doctor E. Wesley Ely.
Pues bien, continúa, en cada uno de esos congresos ha surgido la cuestión de la 'muerte por donación', esto es, "acabar con la vida de una persona con su consentimiento informado, llevándoles al quirófano para allí, bajo anestesia general, abrirles pecho y abdomen cuando aún están vivos para quitar órganos vitales y trasplantarlos a otra persona".
Se trata de ganar unos minutos preciosos para disminuir el tiempo de isquemia, esto es, el tiempo durante el cual el órgano trasplantado deja de recibir sangre del organismo muerto. Los 5 o 10 minutos que tarda en producirse la muerte por inyección letal podrían así ganarse para mejorar la calidad del órgano obtenido y mejorar las posibilidades de una implementación exitosa en el receptor.
El doctor Ely no oculta su preocupación ante esta nueva línea roja que parece estar dispuesta a cruzar la mentalidad eutanásica en aquellos países donde se ha instalado al calor de la legalización, como Canadá, Bélgica u Holanda. Él es catedrático en la facultad de Medicina de la Vanderbilt University de Tennessee (Estados Unidos) y co-director de su centro para la enfermedad crítica, la disfunción cerebral y la supervivencia, como lo fue del programa de trasplantes de pulmón. Asimismo es director asociado del centro estatal para investigación geriátrica. Conoce, pues, bien toda la problemática de los pacientes en proximidad a la muerte.
"La 'muerte por donación' obviaría el principio, tanto tiempo respetado, del 'donante muerto', que prohíbe quitar los órganos vitales hasta que se declare el fallecimiento del donante. Actualmente la 'muerte por donación' sería considerada un homicidio dirigido a acabar con una vida y conseguir órganos", advierte, pero ya empieza a solicitarse la mitigación de ese criterio. Dos médicos y un bioeticista proponían recientemente en The New England Journal of Medicine que se anulase ese criterio, considerando la mejora en la calidad del trasplante como una justificación ética suficiente para ese 'homicidio'.
Ely, por el contrario, sabe lo que ocurriría: se estaría lanzando un mensaje de estigmatización sobre personas con discapacidades físicas y psíquicas proponiéndoles "hacer algo noble" con sus órganos sanos y solicitar la eutanasia voluntariamente con ese fin, al mismo tiempo que se hurtaría la posibilidad de decidir a los pacientes que no pueden expresarse por sí mismos.
Ben Mattlin escribe para diversos medios en torno a la enfermedad y la lucha por la superación. Tiene 57 años, lleva 30 años casado, tiene dos hijos y se licenció en Harvard, todo ello padeciendo una severa atrofia muscular degenerativa.
Cita el caso de uno de ellos, Ben Mattlin, quien en 2012 relató en The New York Times la realidad de las personas que, como él (víctima de una atrofia muscular espinal), son sometidas a presiones muy duras que se añaden a su problema físico: "¡Qué fácil es que alguien te influya sin darse cuenta para que te sientas subestimado y sin esperanza, presionándote suavemente pero con determinación… para aligerar a los demás de tu carga!", exclamaba con realismo. Y añadía: "No podéis ni imaginar la cantidad de fuerzas sutiles -invariablemente bienintencionadas, bondadosas, incluso amables, y sin embargo tan persuasivas como un tsunami- que se despiertan cuando tu autonomía física está comprometida y sin esperanza de recuperación".
En efecto, el doctor Ely cita estudios según los cuales en el 27% de las eutanasias practicadas en Bélgica se ha acelerado la muerte sin el consentimiento del paciente, algo que la Sociedad Belga de Medicina de Cuidados Intensivos considera "admisible".
"Cuando los médicos participan en procedimientos dirigidos a quitarle la vida a una persona", concluye, "¿se sentirán los pacientes 100% seguros de que su médico juega firmemente del lado de la curación? ¿Qué mensaje se manda sobre el valor de toda vida humana cuando los médicos respaldan el intercambio de una vida por otra?"
C.L./ReL


























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